Convertir lo ordinario en extraordinario

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Siempre me han inculcado la fe desde pequeña, tanto en casa como en el colegio. Aun así, me pilló bastante por sorpresa que me pidiesen que contase cómo vivo mi fe ¿por qué yo, si mi vida es de lo más normal?

Ahora me doy cuenta que no hace falta hacer algo grande, se trata de convertir lo ordinario en extraordinario.

¿Que cómo vivo la fe? Le pido a Jesús que la aumente. Es cuestión de abrir los ojos para ver más allá de esa rutina en la que inevitablemente tendemos a caer.

Vivimos en un mundo ajetreado, llegamos corriendo a todos lados y no hay tiempo para detenerse en lo realmente importante. Se nos escapan detalles. ¿Qué pasaría si al final de cada día analizásemos lo que hemos vivido? Tendríamos más de un motivo diario para dar gracias a Dios, para ser felices.

En esas mañanas en la universidad, esas tardes interminables de biblioteca entre descansos, reencuentros con amigos que estudian fuera, en ese partido de tenis, viajes, fiestas, tiempo en familia… en todos esos momentos trato de vivir mi fe. ¿Que cómo lo hago? Aprendiendo de los demás. Qué importante es conocer a las personas y enriquecerse de lo que cada uno enseña. Escuchar y compartir. Siendo auténticos y naturales. Ver a Dios a través de nuestra familia y amigos, pero también a través de ese camarero que te sirve el café, o de ese profesor que te explica la asignatura que menos te gusta. En lo cotidiano. Teniendo ambición por mejorar el mundo pero mirándonos primero a nosotros mismos porque el voluntariado empieza en casa.

Qué fácil suena cuando todo va bien pero ¿qué pasa cuando llega la dificultad? ¿Por qué me pasa esto a mi? ¿Por qué yo? Por qué, por qué, por qué. Él da sus peores batallas a sus mejores soldados. Pero no les deja solos. Está a nuestro lado y está más cerca cuando más lo necesitamos. En nuestra debilidad está su fortaleza. Entonces la fe nos mantiene y crece enormemente. Vemos la ayuda de Dios, porque sí, es difícil entender los obstáculos pero Él nos da las claves para sobrepasarlos. Cuando se entiende que la dificultad es una oportunidad para acercarse a Dios y acercar a los que nos rodean a Dios, todo cobra sentido. Es normal que nos caigamos, no pasa nada. Le pedimos a Jesús que nos ayude y entonces nos levantamos y otra vez tenemos ganas de comernos el mundo.

En definitiva, la fe es tener esperanza. Es creer sin ver que todo tiene un sentido. Arriesgarnos y dejarnos sorprender. Dejar de planear y confiar, dejarnos llevar por Él que tiene preparados nuestros planes.

Fátima Sánchez