Nunca pensé que tuviera que usar el título de una famosa película de Tarantino para titular un post, pero la actual situación de mi amigo Marcos no merece otro titulo.

Hace unos días me encontré con otro sacerdote amigo mío y le pregunte: ya no veo a Marcos pidiendo por la calle.

Marcos es un mendigo que desde hace más de dos años deambula por las calles de la ciudad. Un hombre alegre que, cuando te ve, viene saludarte con un: Padre, Padre, cómo se encuentra.

Ha hecho amigos por toda la ciudad y esa ha sido su ruina. No adelantemos acontecimientos.

Marcos es buen cristiano. De niño, como me dijo una vez, ayudaba en su parroquia, pero ya -como dice él- no va mucho por la Iglesia, aunque cree firmemente en Dios.

Tengo que reconocer que es de los pocos mendigos a los que ayudo directamente, a los demás les facilito que puedan acudir a las ayudas que da Caritas en la parroquia, pero a Marcos le doy dinero de mi bolsillo.

El problema de Marcos han sido los falsos amigos.

Este sacerdote, amigo mío y del que te hablé al principio, me contó que Marcos ya no esta en la calle porque no sabe si está en la cárcel o ha tenido que huir. Unos hombres le prometieron que por cada papel que firmara le darían a cambio 20€. Con esos papeles esos señores compraban y vendían coches de lujo sin que figuraran en ningún papel. Hace semanas la policía investigó el caso y sólo figuraba el nombre del pobre Marcos que seguía mendigando en la calle.

La historia del pobre Marcos acaba por ahora aquí, pero me pregunto por la de esos hombres y mujeres que comercializan con la pobreza.

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