Entre las parábolas del evangelio, curiosamente no pocas hablan de “pérdida” y de “búsqueda”. Ovejas, monedas, hijos, fiesta, semillas… La pérdida es descrita como motivo inicial y como ocasión para algo más, desproporcionado en cualquier caso y exagerado en no pocos. Tanto que desborda irracionalmente al lector común, salvo al niño pequeño. De no ser por nuestra costumbre y a lo que ya sabemos, quizá podríamos darnos cuenta de la extraña locura que muestran.

Algo ha ocurrido en nuestro tiempo que nos ha sumido en una extraña incertidumbre, sin caminos claros abiertos por donde la vida pueda mostrarse y encontrarse a sí misma. Algo que, probablemente, tiene que ver con la consolidación de un “estilo” y “forma” habitual de afrontar la existencia en un permanente centrarse en algo importante que no lo es tanto y, por lo mismo, hacer estructural la distracción de la vida propiamente hablando. Algo muy relacionado con la falta de “sentido”, de orientación general, de disminución del valor de todas las cosas hasta lo irrelevante y exaltación de otras costumbres que sabemos que no conducen honestamente a nada realmente significativo. Es decir, un “pasar la vida” como un ir tirando, afincado en el presente continuo, sin capacidad para plantear grandes proyectos. Y así se ha ido haciendo este tiempo “vacío y hueco” en el que la vida se ha perdido.

En el Evangelio algo se revela contra esta situación con fuerza. Contra todo cálculo, de modo desproporcionado y exagerado, se reitera que la actitud cristiana fundamental es “dejarlo todo”. Lo cual se repite en innumerables ocasiones, tanto en los relatos de vocación, como quien encontró un tesoro escondido en el campo, como el pastor que sale detrás de la oveja, como la mujer que interrumpe su vida en la noche para rastrear su casa a oscuras, como el viajante que iba a Jerusalén y topó con el herido, como el mismo Jesús en el huerto, en la oración de aquella noche después de la cena de Pascua… En el Evangelio se subraya reiteradamente un “dejarlo todo” que bien puede ser romper con todo lo demás, para ganar la vida eterna o para volver a casa o para seguir a Jesús haciendo “lo que Él os diga”. Una y otra vez, la vida adquiere nuevo sentido y en plenitud en la medida es que este atrevimiento se apodera del corazón humano y la llamada vence a la rutina. La vocación es siempre relato en el que se sale de aquí para ir a otro lado, como se abandona el mar que asfixia para dejarse rescatar y subir a la barca, como uno más entre otros muchos salvados.

La vida, con todo, se puede perder definitivamente. No se ahorra ese escenario, ni esa contemplación. Se puede vivir sin haber vivido, como se puede haber recibido un don sin haber hecho nada con él por miedo y sin dar fruto alguno provechoso con estas nuevas posibilidades abiertas. Se puede vivir encerrado de tal modo que no haya salvación en la casa, y por falta de fe no se obre ningún signo admirable en ella. Se puede guardar de tal manera el amor para uno mismo que se pierda para siempre, sin reconocer ningún prójimo, sin ver a Dios presente en ningún lugar. Se puede, efectivamente, cerrarse a escuchar y marcharse “por tener mucho”. Se puede.

¿Se puede recuperar la vida? Los caminos que abren una cierta reparación son dos: el que proviene del arrepentimiento y el que se enciende en la esperanza. Es curioso que ambos, como dos aspectos de una misma realidad, se necesiten y se encaminen habitualmente al amor y la justicia. Sin que haga falta haber vivido mucho para darse cuenta de ello, ambos tienen que ver directamente con la vida y la anhelan hondamente.

José Fernando Juan (@josefer_juan)

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