Los santos son aquellos que no saben decir que No a Dios, pero en este mundo no sólo hay santos, sino muchos pecadores y a éstos lo que les ocurre es que, en muchas ocasiones, les cuesta decir que Sí.

San Agustín lo explica muy bien.

La armonía creada por Dios en el paraíso se rompe con el pecado. El ordo amoris sufre y la comunión entre Dios-Hombre; el hombre con los hombres; el hombre con el propio hombre y el hombre con la creación ahora vive en un cierto desequilibrio. El hombre por el pecado se convierte en un juguete roto ya que, como dice el propio San Agustín, tiene dificultades para ver el bien y carece de todas las fuerzas para poder llevarlo a término.

La fórmula para lograr de nuevo el equilibrio y la armonía es tan sencilla porque es la que hemos dicho al inicio: no saber decir que no a Dios. Entonces, como los santos, vivimos en estado de Gracia: en comunión con Dios y la codicia, envidia o egoísmo están más controlados.

Vivir en Gracia es el desafió y la confesión es el remedio a las caídas.

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