Hace algunos años me contaron esta anécdota. Subían un padre y su hijo pequeño por la escalera de un parking y, detrás de ellos, un señor con acento extranjero se ofreció a llevar la bolsa del pequeño, que pesaba mucho. Cuando llegaron a la puerta de salida, le devolvió la bolsa, le sujetó la puerta para que pudiera pasar y se despidió amablemente. El niño dijo a su padre: papá, ¿ese señor era francés? Creo que sí, hijo, contestó el padre. Y el niño apostilló: Qué raro, porque era muy simpático. A partir de aquel día, aquel padre revisó los comentarios que hacía en su casa sobre los franceses.

Me acordé de esta anécdota al leer la recomendación de David Neuhaus, superior de los jesuitas en Tierra Santa, en una entrevista: “una de las cosas más importantes que tenemos que hacer es vigilar nuestras lenguas. Que cada palabra que hablemos promueva la justicia y la paz, el perdón y la reconciliación. Nuestras palabras crean los mundos en los que vivimos nosotros y nuestros hijos”.

Pensé que tenía mucha razón. El lenguaje tiene la capacidad de crear o alterar la realidad. En la política y la vida pública encontramos cada día multitud de ejemplos. A mí, uno de los que me llamó más la atención en su momento fue la expresión “tolerancia cero” que se acuñó para prohibir ciertas conductas inaceptables. Fue una hábil forma de disfrazar la intolerancia para ejercerla igual que antes, porque no hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que quien tiene tolerancia cero es intolerante. Si no, que le pregunten a un tolerante cero al gluten. Al fin y al cabo, la intolerancia es buena o mala en función del objeto a que se dirija: lo propio de un ciudadano ético y decente es ser intolerante con el mal, es decir, no tolerarlo, pero parece que si uno tolera cero es más bueno que si es intolerante.

En la familia, el lenguaje tiene una importancia capital y el tema da mucho de sí, pero, sin duda, un ámbito especialmente sensible es el que menciona Neuhaus, que, a nivel familiar, podríamos traducir como respeto. Es muy difícil pedir a nuestros hijos que respeten a los demás si nosotros no lo hacemos. Recuerdo una vez una cena en casa a la que habíamos invitado a tres matrimonios y no todos se conocían. Una de las invitadas, impulsiva y divertida, solo sentarse empezó a despotricar contra una opción política determinada. De pronto, se dio cuenta de que no conocía a todo el mundo, paró en seco y dijo: “un momento, somos todos de los nuestros, ¿no?”. Lo cual era una asunción muy atrevida porque, probablemente, ni siquiera los que ella consideraba de los ‘suyos’ lo eran hasta el límite que ella imaginaba. En fin, a pesar del matiz excluyente de la expresión, provocó una carcajada general y nadie le dio más importancia.

Sin embargo, ante nuestros hijos, este “ser de los nuestros” puede ser muy peligroso porque, sin darnos cuenta, podemos ir transmitiendo que están ‘los nuestros’ y ‘los otros’, como si fueran peores y no merecieran tanto respeto. Aunque no lo manifestamos claramente ni queramos hacerlo, podemos ir transmitiendo esta convicción inadvertidamente, como le pasó al padre del parking. A veces, basta un tono de voz, un gesto de desaprobación o un calificativo cada vez que nos referimos a alguien o a algún grupo.

Por ejemplo, es muy típico de nuestra cultura anteponer calificativos que, incluso antes de decir lo que queremos, ya han marcado un sesgo peyorativo. Me ha llamado el pesado de Juan y me ha dicho que…; y el muy lince del fontanero obturó la cañería con la junta; mira, el idiota del coche de delante con el móvil; ya está el iluminado del ministro diciendo tonterías.

No es grave el uso, que nuestra lengua es muy rica y este tipo de locuciones dan viveza y fuerza al relato; lo peligroso es el abuso, sobre todo si siempre toma la misma dirección, porque acaba generando animadversión en quienes, como nuestros hijos pequeños, no siempre son capaces de distinguir una discrepancia legítima de un desprecio a la persona.

En fin, que vale la pena utilizar también la palabra para crear un mundo más amable.

Buen fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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