En la última carta recibida en “Confinadas por amor” por la hermana María Dolores Otero, Clarisa capuchina de Murcia, nos habla de los silencios positivos, aquellos momentos que dan paso a Dios. Le dejamos el semáforo en verde para que pueda pasar a nuestra casa interior. De ese encuentro entre los dos van a brotar los silencios positivos.

SILENCIO DE HUMILDAD

Es el silencio cargado de respeto que le ofrecemos a una persona que nos visita porque tiene hambre de ser escuchada con amor. Para ello, necesita ser escuchado con interés, demostrarle que lo que nos dice nos interesa, nos preocupa, nos llega a la mente y al corazón.

SILENCIO DE ADMIRACIÓN

Cada persona es única y como tal es digna de admiración. No sólo por lo que nos dice o hace, sino por lo que ella es en sí. ¿Qué es cada persona? Un ser amado por Dios desde siempre y para siempre. Hoy, cuando la persona humana está tan poco valorada, los cristianos tendríamos que ir por la vida repitiendo en nuestro interior: Yo adoro a Dios en cada ser humano porque es un ser amado, buscado y creado por Dios gratuitamente y amorosamente.

SILENCIO DE ASOMBRO

Asombrarse es quedarse sin palabras. Este silencio es importante porque nace de vaciarse de todo conocimiento. Es sentirse como un niño pequeño ante lo nuevo y lo desconocido. Este silencio se rompe cuando preguntamos, al querer indagar. ¿Por qué? Porque no hacen falta las preguntas. La vida es maravillosa y hay que asombrarse continuamente ante todo y ante todos. La vida es novedad porque el amor todo lo hace nuevo. Los niños los debemos tomar por nuestros “Maestros de asombro”. Ellos tienen esa gran capacidad para admirarse de cualquier cosa. Para ellos todo es bueno, nuevo y bonito. Ya nos dice Jesús: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”. Esta enseñanza la podemos ampliar y decir: “Si no nos hacemos como niños, no entraremos en el asombro infinito que es Dios”.

SILENCIO DE ALEGRÍA

Cuando se llega a la plenitud de la alegría, se colma el corazón y sobran las palabras. Cuando te quedas extasiado (o fuera de sí), no eres capaz de pronunciar palabra. Ese es el silencio de la alegría o plenitud del corazón, que es la plenitud de la felicidad.

SILENCIO DE LA SONRISA

Cuando una persona vive en paz con ella misma, con Dios y con los demás, esa paz tiene un nombre: Sonrisa. Una sonrisa que atrae al otro a buscar esa paz triple que saborea en los demás.

SILENCIO DE LA MIRADA

Hay miradas que dan vida, alegría y esperanza, que nos animan a seguir viviendo y a pensar que mañana será mejor. Estos valores los hemos descubierto en esos ojos puros que transparentan a Dios.

SILENCIO DEL AMOR

Es el silencio de la comunión. Cuando miramos o somos mirados con amor, no es necesario pronunciar palabras porque la palabra se hace amor. Cuando hablamos, intentamos meter el amor en el molde de la palabra y la palabra es muy pequeña para contener el amor que, sí es verdadero, tiene un nombre y ese nombre es “YO SOY”.

Nuestro cuerpo es nuestro hogar. Así como el respirar es la salud del cuerpo, de la misma manera, podemos decir que el silencio es el oxígeno del alma. Es en ese ambiente tranquilo, profundo y silencioso donde nos podemos ver como somos. La vida no es lo que se logra o lo que se tiene. La vida es lo que se es. Todo lo que se logra, se pierde. Pero lo que se es, es eterno.

Marienma Posadas Ciriza

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