Todos hemos conocido y casi vivido el trágico accidente ocurrido en la puerta del colegio Montealto de Madrid, que ha sesgado la vida de una pequeña de 6 años y causado diversos traumatismos a otras dos niñas que, gracias a Dios, están estables aunque ingresadas en el hospital.

Es verdad que una tragedia así nos deja a todos sobrecogidos, pero lo que más nos ha impresionado han sido las reacciones que ha habido entorno a ella: la madre de la niña fallecida que, tras despedirla con un «te quiero», abrazó a la madre causante del estrepitoso accidente; la entereza de los padres de las otras dos niñas dando gracias a Dios porque sus hijas estaban estables pero pidiendo oraciones por las demás y por la madre conductora del coche; y la de muchos otros padres del colegio que decían que “sólo nos queda rezar, unirnos en la oración a esas familias”.

El ejemplo y el testimonio de una fe vivida hace que la respuesta al fatal accidente sea tan sobrenatural.

Prueba de ello es la poesía que publica Aleteia de una madre del colegio:

Sofía Cagigal de Gregorio 5 de noviembre de 2021

Tarde fría de noviembre
se paró el tiempo en dos segundos
y sonaron las sirenas.
Instante que rompe la vida en mil pedazos, lo que se tarda en ser y no estar,
paso entre el antes y el después.

Voló la noticia estremeciendo a compañeras, amigas, profesoras, familias enteras,
a toda una comunidad que no estaba preparada para el zarpazo de la vida.

Y en todos brotó la oración,
el pensamiento directo hacia vosotros,
de consuelo, de amor.
Cuatro familias rotas y unidas para siempre.

Pregunté por ti y me dijeron que estabas serena, abrazada a tu pequeña, dándole besos,
y cubriéndola de amor doliente.
Y tu imagen me llevó a la cruz,
a María abrazando a un Cristo descendido, al dolor infinito y desgarrador de una madre acunando a su hijo, que ya goza del Padre.

Te veo a ti, María, madre, entregando a esa Virgen María, – madre y María también -,
lo más preciado de tu vida;
de madre a Madre,
de tus brazos a los suyos. Profundo acto de fe,
encarnación del dolor de la Virgen en el tuyo propio,

en una acera teñida en rojo, en una tarde de otoño.

Y pienso que has sido elegida,
aunque ahora no lo veas,
aunque el desgarro de tu alma sea infinito. Pero no es casual la escena,
de María a María, de madre a Madre, abrazando a tu hija igual que Ella
lo abrazó en la cruz,
aceptando el sacrificio más intenso, entregada a la voluntad del Padre.

Artículo anterior¡Santidad siempre joven!
Artículo siguiente«Asombro y desencanto». Jorge Bustos