Claro que hay muchos que cada día son santos en pijama al santificar, por ejemplo, una enfermedad en un hospital, pero aquí no hablamos de estos, sino de aquellos que, después de una noche -mas o menos intensa- no se quitan el pijama.

Mi hija, me contó una madre hace unos días, en el fin de semana desde que se levanta hasta que se acuesta no se quita el pijama. No sale a la calle con sus compañeras de curso con tal de no arreglarse. El drama es tremendo porque la enfermedad, sin ser mortal para el alma en ese momento, anuncia un trágico desenlace.

La pereza es la puerta de la gran enfermedad llamada tibieza.

Hoy, para muchas cosas que valen la pena, hay una gran desidia: estudiar para alcanzar un buen puesto de trabajo, formarse humana y espiritualmente para ser personas de provecho, ayudar a un amigo/a para que se sienta consolado/a, etc., son enormes desafíos para los santos en pijama que buscan sólo el esfuerzo en aquello que en el instante reporta satisfacción y placer.

La excusa frecuente me la dio una chica de mi colegio: estudio mejor en pijama, sin darse cuenta que la presencia agrada. Se viste y arregla para sus amigas/os los viernes por la noche, pero no es capaz de hacerlo el resto del fin de semana para sus padres que miran con ojos bajos los pelos pegados de su hija.

¡Que poco conscientes somos de a quién y cómo debemos amar!

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