Las indulgencias son un complemento del Sacramento de la Penitencia que nos remiten parcial, o totalmente, de las penas temporales, para uno mismo, o por un fiel difunto, una vez que hemos sido liberados de la culpa por la absolución.

La Iglesia, en su autoridad, propone unas obras al fiel cristiano, libre de excomunión, con capacidad, y que tenga intención, unas obras, que una vez confesados, recibida la Sagrada Comunión, orado por el Papa, excluido todo afecto al pecado mortal, y venial (esta es la clave).

Derraman en nosotros los méritos infinitos de Jesucristo Redentor y de todos los Santos del Cielo, junto con los de Nuestra Señora, que suponen la remisión de todas esas penas temporales, para uno mismo, o para un Fiel Difunto (nunca para un condenado).

Nunca sustituyen la Confesión sacramental que nos libera del peso de la Culpa, ni el levantamiento de una pena o censura eclesiástica. Las obras que propone la Iglesia, de piedad, de caridad, de penitencia, favorecerán el aumento de la fe y promoverán el Bien Común.

Para el caso que nos ocupa, de cara a las Almas del Purgatorio, se requiere:

1. Confesión Sacramental (una sola vale para lucrar varias indulgencias), 2. Comunión Eucarística (una lucha una sola indulgencia), 3. Oración por las intenciones del Papa  (Aconsejo unirla a la acción de gracias después de comulgar), 4. Excluir Todo Afecto al Pecado (aquí reside la clave, por ello es aportaría tanta gracia la Indulgencia Plenaria, y por ello es tan difícil lucrarla), y las obras prescritas, 5. Visitar con Devoción el Cementerio o, en su defecto, un rato de Oración mental por los Fieles Difuntos.

Son un tesoro, y una gracia que nos SEÑALA la Santa Madre Iglesia, que no debemos burlar pues suponen una ayuda inestimable para todo lo que tenemos que reparar, y que no seremos capaces de hacer por muy penitente que sea nuestra vida.

No debemos tener en cuenta el desprecio o desdén que un catolicismo progresista, que en su soberbia innata les ha dedicado, ni caer en una tentación mecánica, acumulativa, mágica hacia las mismas pues son una verdadera crucifixión mística del fiel que quiera acoger tanto Amor.

P. Severo Lobato

Artículo anteriorCatedrática de Historia: «Dios no nos abandona y sabe lo que nos conviene»
Artículo siguiente¿En qué se parecen la santidad y el amor?