En una estupenda entrevista al Obispo de Trondheim, el monje trapense Erik Varden cuenta un viejo recuerdo de su adolescencia:

Cuando era pequeño conocí a una pareja, ambos veterinarios, que tenían un collie, que es un perro muy inteligente. Siempre le susurraban las órdenes. Recuerdo que, en una ocasión, les pregunté el por qué y me contestaron: «Este perro tiene un oído excepcionalmente agudo, que le permite captar sonidos que nosotros no podemos percibir. No hay necesidad de gritarle: sólo le causaríamos incomodidad».

A raíz de ese suceso comenta:

¡Eso me impresionó! Creo que lo mismo ocurre, en gran medida, con los hombres. Podemos escuchar más de lo que pensamos, pero no nos aventuramos a ejercitar esa habilidad, porque nos pasamos el día chillándonos unos a otros y también a nosotros mismos. En gran medida, el discurso público es un combate a gritos, incluso dentro de la Iglesia, ¿no le parece? Ya sea desde fuera o desde mis adentros, esté solo o en compañía, creo en la importancia de oír las palabras susurradas, de escucharlas, precisamente porque deseo que no me pasen desapercibidas.

Estoy profundamente de acuerdo con él porque el Espíritu Santo habla en susurros y mucho ruido impide escuchar lo que nos dice el Espíritu. Dios, habitualmente, no grita, sino que susurra.

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