Despertaba al alba de las horas en la ciudad de los atardeceres incomparables, en el eco temprano de una primavera que dibuja octubre en el mes de la Virgen del Rosario, en un epígrafe centrado en el corazón del año de San José y de San Ignacio de Loyola. Hoy en las calles de Sevilla, en el barrio de San Lorenzo, en el corazón de la Misión del Señor del Gran Poder, Dios nos ha vuelto a regalar en el privilegio del alba su mirada, su rostro más humano, su zancada portentosa, y tras de Él caminando cual muchedumbre entregada en ofrendas, peticiones, ruegos, acciones de gracias. Detrás de su Cruz como portadores del Evangelio, matrimonios, madres, padres, abuelas, abuelos, niños, jóvenes, enfermos, sacerdotes, religiosos, laicos, el Gran Poder es el pueblo de Dios en camino.

Hoy San Lorenzo era ese barrio tan mío, y esta vez como cada cuaresma y cada Domingo de Ramos, no iba sólo iba acompañado desde esa mirada eterna de la mano de mi Padre, El que habita en la morada eterna del cielo, hoy ha querido también desde la eternidad de la mañana en la Plaza de San Lorenzo darme la mano, cogerme y llevarme a las plantas del Señor del Gran Poder, en su Cruz portentosa, en que va bendiciendo a su pueblo en el caminar infatigable, Tú eres Señor la Vía de San Dimían por donde San Francisco se despojó de toda riqueza para entregarte la pobreza y la dignidad de los excluidos. Hoy como cada día en la Eucaristía he ido acompañado de mi Padre, con ese rostro que cura las heridas, con sus llagas, con sus lágrimas con su perdón, con El, en El y por El. Como el verso de Quevedo Todo es un fue, un habitar en la tierra de los vivos, un peregrinar en esta tierra sagrada. Que se haga siempre tu voluntad Señor.

Bendito sea siempre el Señor, que nos ha devuelto la vida. Hoy las calles de esta vieja dama son el Pozo de Sicar, son ese Cristo fatigado que nos ofrece el agua de la vida, el que nunca se sacia, donde habita en lo culto y en el silencio el fruto de la misericordia, de dar sin recibir, de entregar nuestra propia vida sin el reconocimiento material del mundo, de no pretender la comprensión de otros para nuestra propia vida.

Hoy Jesús va a buscar a las personas, va a encontrarse con ellas, Dios es el que da todo, el que da siempre, el que no se impone y nos da el privilegio de la libertad, nos bautiza cada día en la tierra que habitamos como ungidos por el Espíritu Santo. Me viene a la memoria estas palabras de Pascal: “Solo conocemos a Dios por medio de Jesucristo”.

Nos hemos encontrado con el mismo rostro de Dios, aquel que habita en las colas del hambre, en la vida de los jóvenes con un horizonte sin esperanza, en los márgenes existenciales de la miseria, Dios visita a su pueblo y quiere ser recibido por gente sencilla, cuyos corazones son puros.

El cansancio, el beso que traiciona, la negación de los amigos, la soledad que traiciona, los abandonos que nos dueles y Tú Señor, no te rindes y te entregas hasta la muerte por hacer la Voluntad de Dios, has salido hoy caminando en medio de la muchedumbre, de este pueblo de Israel, sediento de tu amor, de tu perdón y de tu ternura, humanizas el sufrimiento por donde pasas. Hay caminos que son de huida, de miedo, de desilusión, de fracaso, de soledad, de incertidumbre, Tú camino Señor es el del volver a Jerusalén, con esa epifanía que nos regalas en ese Sinaí cotidiano al buscarte, al conocerte y al hallarte, con El, en El y contento.

Tú mirada que no juzga, tu caridad que acompaña y acoge, tu verdad que protege, en un nosotros por los otros.

Dios siempre es Dios y camina por delante de nosotros, y cuando llegas pasas y siempre te quedas en el corazón de cada persona, en el pan compartido, en un silencio aterrizado de amar sin limites al otro, eligiendo, abrazando, apostando y renunciando. Hay un Dios débil que se hace palabra, encuentro y camino.

In Manu Ejus Potestas et Imperium.

Alberto Diago Santos

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