Mi padre me explicó una vez una anécdota muy curiosa. Tenía un amigo que pasaba penurias económicas cuyo padre era muy rico y no quería dejar nada a los hijos en vida. El hombre vivía a la espera de la herencia. Cuando murió el padre, uno de los hermanos se encontraba fuera de España, y el amigo de mi padre le mandó el siguiente telegrama para informarle del triste suceso (entonces, no existía el whatspp y había que ahorrar palabras): “Papá ha pasado a mejor vida… ¡Nosotros, también!

Me ha venido a la cabeza este recuerdo, por contraste, al afrontar la siguiente dimensión de la familiaridad, la fraternidad, porque, en la anécdota, el fallecimiento del padre parece actuar como espoleta de la unión entre hermanos (un poco materialista en este caso), mientras que muchas veces sucede lo contrario.

La fraternidad es una dimensión de la familiaridad, entre otras razones, porque el ser humano necesita alguien con quien compartir la vida y, sin hermanos, se hace más difícil.

En Japón tienen la triste experiencia de los hikikomori, adolescentes y adultos jóvenes que se ven abrumados por la sociedad japonesa, se sienten incapaces de cumplir los roles sociales que se esperan de ellos y reaccionan con el aislamiento social. Viven encerrados en sus casas o en sus habitaciones durante meses o años. Según algunas estimaciones, puede que haya un millón de hikikomoris en Japón, casi el 80 % son varones y muchos de ellos, hijos únicos. Los psicólogos no saben cómo atajar este grave problema.

La fraternidad es la base de la solidaridad social. Una sociedad de hikikomoris, en la que cada uno se encierra en sí mismo, está condenada al fracaso. El día en que la fraternidad se tenga que estudiar en las escuelas, la solidaridad humana difícilmente encontrará sus raíces y su perfil auténtico. Ya hoy se desconoce en muchos ambientes la verdadera fraternidad y se confunde con una actitud almibarada y beatífica que, al amparo de una falsa tolerancia, no se atreve a señalar dónde está el bien y dónde el mal ni a proponer cómo amar el primero y repudiar el segundo. El verdadero hermano arremete en casa y defiende fuera, no es tolerante sino exigente, corrige fraternalmente y, sin saberlo, a veces procura mejor que nadie el bien de su hermano no permitiéndole aquello que a él no le fue permitido.

Quien no ha alimentado dentro de sí los lazos familiares, tampoco conseguirá más tarde que se despierte el amor hacia la sociedad. Por el contrario, quien ha aprendido a amar a sus padres y hermanos, puede también más tarde amar a una colectividad, afirma Eibl Eibesfeldt.

Por último, como insinuaba al principio, la fraternidad está muy unida a la progenitorialidad (dimensión de la familiaridad de la que hablé en mi anterior post) porque cuando la fraternidad se desvincula e independiza de esa dimensión tiende a derivar en fría competitividad. La respuesta de Caín a Dios cuando le preguntó por Abel después del fratricidio (¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?) resulta premonitoria.

En mi experiencia profesional he podido comprobar a menudo cómo las familias olvidan demasiado fácilmente ese origen común y compiten, se rompen y descomponen tras el fallecimiento de los padres, con ocasión de la herencia o sin ella. Lo mismo le sucede a la humanidad cuando olvida que procede de un Padre común. “Si Dios no existe, todo está permitido”, hizo decir Dostoievski a Iván Karamazov.

En la fraternidad nos jugamos, pues, el futuro de la sociedad; ella es la mejor escuela para la solidaridad humana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes en Familiarmente

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