Vuelvo otra vez sobre un tema sobre el que he escrito varias veces. Lo hago porque sigue preocupándome, porque cuando oigo hablar de religión lo normal es escuchar casi de todo menos de religión. Si acaso de cosas religiosas, relacionadas con curas, monjas, obispos, o casos raros de todo tipo. Y eso, que es ciertamente importante en ocasiones, no es, ni de lejos, lo esencial, ni lo central.

A mis alumnos se lo cuento del siguiente modo. Las personas somos capaces de muchas cosas. No todas son iguales. Las hay mejores y peores, como en una tensión permanente nos situamos ahí en medio. Sea cuando sea, cada mañana, cada tarde, cada noche. Con cada persona con quien nos encontramos. En esta situación, la tensión nos lleva hacia un sitio u otro. Y no son siempre motivos externos, los hay profundamente internos. Uno de ellos, que no calla y no cesa de exigir, es que deseamos y queremos lo mejor. Que lo busquemos o no, que nos decidamos o no es otro tema. Pero el deseo es inagotable e insaciable. Como deseo primero, después será algo mayor.

Entre lo mejor y lo peor se encuentra dar la vida y matar. Y muchas acciones de lo más cotidiano se enmarcan en una y otra esfera. O bien son entrega de la vida, o bien son perderla y quitarla. Sobre todo, esto último. En este sentido, para nada silencioso, tal y como yo entiendo el núcleo esencial de la religión es la tensión hacia lo mejor de lo mejor, lo más elevado, el Bien Perfecto, el Bien Absoluto. Porque la tensión no procede de nosotros mismos, sin más, sino que somos llamados desde la Vida, desde la Verdad, desde el Bien hacia ellos mismos. No me detengo en los detalles que nos conducirían a lo negativo. Simplemente invitaría a contemplar la tensión que vivimos hacia lo mejor y cómo se recupera y permanece cada vez que creemos que hemos alcanzado un paso más en su dirección, y cómo hay tristeza y algo más cuando nos alejamos.

El cristianismo es, en esencia, la esperanza más enraizada en la vida de toda persona que mantiene que dar la vida siempre es lo mejor que se puede hacer. Lo saben tantas y tantas personas vueltas hacia la seriedad de la existencia que solo convendría hablar con ellas para reconocer que es cierto lo que se dice. Lo saben todos los niños que aguardan con confianza amor y paz. Lo saben todos los que aman de verdad, que no dudarían en luchar con la muerte por mantenerse junto a la persona amada.

Nos hemos acostumbrado, pero al entrar en cualquier Iglesia veremos al Crucificado. Al que da la Vida. Al que está ahí como llamada, encarnando esta Tensión Amorosa hasta el extremo. “No me quitan la vida, soy yo quien la entrega”, se escucha en el evangelio de Juan. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su único Hijo”, un poco más adelante. Por eso Jesucristo es Encarnación y Pascua, el corazón mismo de la Religión, su plenitud. Por eso es la Revelación de lo que es Dios y busca volver a unirnos con este misterio que hemos perdido del horizonte mediante la confianza, el amor y la esperanza. Esta es la esencia del cristianismo, a mi entender. Recuperarlo es urgente.

Ya sabemos, con dolor además y con profunda tristeza, que en muchas ocasiones no es así, que la Iglesia no cumple hasta el extremo y plenamente con esta misión. Sin embargo, Dios permanece, lo principal y lo importante permanecen. Están ahí como tesoro que se dona y nadie puede robar. Se podrá oscurecer, pero no robar. De vez en cuando, junto a la sal que se pierde para dar sabor, en la Iglesia aparecen luces que toca poner encima del celemín. ¡Que brillen para iluminar y esclarecer!

José Fernando Juan (@josefer_juan)

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