Suele tenerse una concepción del noviazgo como una mera relación de dos personas que tienen sentimientos y comparten momentos románticos juntos; sin embargo, es mucho más que un rótulo que consiste en cursilería y caminatas de la mano. Es una etapa fundamental para conocer a la otra persona en profundidad, ver si es compatible con tus proyectos de vida y así saber si es la persona indicada para compartirla juntos.

Compartir una vida juntos implica la decisión más importante que podamos tomar en nuestras vidas, pues de ella se desprenderá el camino que tomaremos juntos y la familia que construiremos. La llegada de hijos al mundo no es una elección de heladería, es una gran responsabilidad. Los niños necesitan criarse y crecer en un ambiente donde sus padres se amen y estén juntos siempre, como un equipo.

Lamentablemente, en la actualidad cada vez son menos las parejas que tienen como propósito el matrimonio y que desean formar una familia, por lo que, al carecer de un propósito, el noviazgo pierde sentido y se va volviendo cada vez más efímero, especialmente entre los jóvenes.

En el noviazgo descubrimos al otro

Muchas rupturas y corazones heridos suelen ser consecuencia de la toma de decisiones apresuradas, sin conocer verdaderamente a la otra persona, y sin pensar en el mañana forzando relaciones que no funcionan por meros caprichos del presente. A veces nos dejamos guiar por los sentimientos momentáneos sin proyectar a largo plazo, lo cual, a futuro, puede generar desilusiones y separaciones fruto de las incompatibilidades que quisimos ignorar.

Sin embargo, el noviazgo debería ser la etapa que nos permita llegar al rincón más profundo del otro y debería ser la llave con la que ingresemos a su corazón para ver lo más preciado e íntimo que guarda allí. Asimismo, nos damos cuenta si realmente esa persona es para nosotros.

Ahora bien, conocer a la otra persona y develarse no se reduce a contar cosas sobre uno, esa es una perspectiva simplista y superficial del término “conocer” y mucho más en una relación tan seria como un noviazgo. Conocer no es saber la edad, nombre, cantidad de hermanos y hobbies; conocer es algo tan complejo que no puede describirse con palabras y fechas de calendario. Nadie dice que conoce un bosque determinado por saber qué es un pino.

Conocemos cuando sabemos cómo hacer feliz y cómo lastimar a la otra persona; cuando somos capaces de reconocer heridas y puntos débiles, ver sueños, virtudes y también defectos. Conocemos cada vez que atestiguamos vulnerabilidad, cuando compartimos cotidianidad, cuando sabemos manías, gustos y desagrados, así como también proyectos, valores y formas de actuar en la vida; cuando el otro puede desnudar su alma porque sabe que vas a cuidarla aun teniendo la oportunidad de hacer lo contrario. De eso se trata la confianza, la base de cualquier noviazgo, y sin conocimiento es imposible construirla y avanzar hacia algo estable y duradero.

No hay un manual universal de noviazgo ejemplar

Debe dejarse en claro que el noviazgo es la preparación para algo muchísimo más grande: el matrimonio. Y aunque pueda ser difícil de aceptar, si un noviazgo no tiene como fin el matrimonio, entonces, ¿qué sentido tiene?

Empero, no todas las personas se enamoran, expresan o demuestran el amor de la misma manera. Cada persona es un mundo que merece ser explorado y descubierto, por lo que no se debe comparar las relaciones con las de los demás ni creer que existe un manual universal de noviazgo ejemplar.

Algunos demuestran cariño con palabras, otros con gestos diarios, otros con detalles, etc. Pero lo que sí debe ser universal es el amor, el respeto y el diálogo, fundamentales para la construcción de una relación sana. Sin embargo, es muy común que hoy en día muchos se pongan de novios por no saber afrontar la soledad, por necesitar llenar vacíos o sanar heridas. Buscar cariño y consuelo está perfecto; es genial cuando en tu pareja encontrás un refugio, pero ello no debe confundirse jamás con usarla como un clavo que saca otro clavo porque las personas no somos botiquines de emergencia.

Toda relación implica momentos lindos, de romance puro y alegrías, y así como nuestra pareja posee virtudes, también hay defectos y momentos que no son tan buenos. Una vez escuché: “El capitán del barco siempre debe sostener el timón, aún más cuando hay tormenta”, y pienso que tiene razón. Es por eso que es en el noviazgo, en el puerto, donde debe reflexionarse qué estamos dispuestos a soportar para no tirarnos por la borda cuando el barco ya ha zarpado.

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Aprender a estar solos y reconciliarse con uno mismo es la clave para poder iniciar una relación sana, dándole al otro nuestra versión más auténtica como ese acto de entrega y amor que nos permitirá proyectar nuestra propia vida y así poder elegir libremente con quién compartirla.

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Publicado en Ama fuerte

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