Cuando llegamos a algún lugar, estoy seguro que a todos nos gusta sentirnos bien recibidos, bien acogidos, y que tengan con nosotros detalles que nos hagan sentir amados, en pocas palabras, saber que nuestra presencia es signo de alegría para otros.

Y seguro queremos sentirnos apreciados y valorados en todas las relaciones que sostenemos: ya sea de amistad, de pareja, incluso en el compañerismo de un salón de clases, o en el trabajo que se comparte con otros, pero a lo que viene todo esto que comento es ¿de qué forma nos sentimos valorados?

Muchas veces confundimos que se nos valorara por el hecho de hacer cosas por los otros, que por el hecho de tener la libertad de ser nosotros mismos con los demás. Nos empeñamos tanto en servir, ayudar, y estar para el otro, que centramos toda nuestra atención en que tan útil le soy a los demás, y pensamos que utilidad es sinónimo de amor. No es así.

Con esto, no quiero condenar nuestro espíritu de servicio, porque nuestras acciones hablan mucho de aquello que somos realmente, pero considero que minimizar nuestro amor al hacer, es algo muy desgastante, ya que en el momento en el que no puedas ayudar al otro, ya sea por alguna limitante o cualquier situación, pensaras que no se te necesita, y bajo ese lenguaje, pensaras que no se te necesita.

Al final, queremos ser útiles porque amamos, y queremos ser amados, pero hay que darle un nuevo enfoque: ser amado por quien soy y amar a los demás por quienes son, y no amar por aquello en lo que me pueden ayudar, o dejarme amar por mi utilidad.

Cuando re direccionamos esto, y le damos una nueva perspectiva, nos podemos dar cuenta que lo que más debemos valorar del otro es aquella personalidad que Dios le ha regalado, y también saber, que quienes nos aman, nos amaran por aquello que en verdad somos, se va a generar algo verdaderamente sincero, algo de Dios.

Que al final, el ser útil no se convierta en un desgaste para nosotros, sino en una expresión de amor hacia aquellos que nos valoran por quienes somos.

Abraham Cañedo

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