Yo sigo en mi asiento, el 3A, junto a la ventanilla. Sigo también con una de mis playlists favoritas de música indie, mirando por la ventanilla como una niña pequeña. Pero en la siguiente parada es cuando se suben al tren una pareja de unos 30 años. Tampoco sabría cómo describirlos y es que no me había fijado en ellos hasta el momento en que estaba apoyada en la ventanilla adormecida mirando el paisaje y aparece el chico a mi lado pidiéndome si podría cambiarle su asiento para así poder estar al lado de su pareja. Al principio, no os voy a mentir, me lo quedo mirando pensando en lo mucho que me gusta pasar el rato mirando por la ventana bien de cerca sin perderme detalle alguno del paisaje. Tardo unos 6 segundos en mirarlo y darle un Sí, sin rodeos ni cara de pena. Un Sí con una sonrisa, como la sonrisa de la madre que tenía en la fila de al lado, los que se subieron al tren en León. Me muevo al asiento 4B, justo el de atrás pero tocando al pasillo, pensando en qué iba a hacer el resto de viaje sin tener la ventanilla cerca. Una vez sentada en ese nuevo asiento me empiezo a reír por dentro de mí misma, pensando en los 6 segundos que había tardado en darle el Sí. Minutos más tarde oigo risas de la pareja, y risas que pasan a carcajadas de ambos, y lo mejor es que al intentar no hacer ruido con sus risas se tapaban entre ellos para no armar lío en el vagón. Yo me reía con ellos sin que ellos lo supiesen, y es que ya me había valido la pena cambiarme de asiento al oír esas risas y gestos entre ellos.

_Señor, soy consciente de que esos 6 segundos de egoísmo son rastro del ser humano, pero ayúdame a que en vez de 6 segundos pasen a ser 5, y así sucesivamente hasta que no tarde ni 1 segundo en darte un Sí en todas las cosas que me puedas ir pidiendo durante el día._ 

Son las 20h y sigo aquí en el asiento, el 4B esta vez. Son pocas las caras de los que hemos empezado el trayecto en Galicia, y es que unos se bajan y otros se suben, como todo en la vida. Empiezan a dolerme las piernas, el cansancio empieza a ocupar protagonismo en mi cabeza, la espalda y la cabeza las noto cada vez más, la mascarilla me está empezando a agobiar y el retraso de llegada que acaban de comunicar por el megáfono me ha dejado más ko. Pero la clave del recorrido, sea cual sea, es perdurar, ser fiel, ¿no es así?

Pues entonces no hay cansancio que valga. Es una realidad que el cansancio, las dudas, las pocas ganas y el dolor existen, pero no son suficiente para abatirnos en medio del camino, más bien se pueden incluso llegar a convertir en motivo para seguir adelante con más fuerzas, siempre que unamos esos miedos, dudas, dolor y cansancio al Señor, a la cruz de Jesucristo.

Creo que el señor que tengo al lado, sentado en el asiento 4A, que todavía no os había hablado de él, está empezando a notar mi cansancio. Me mira y dice: «Ya queda poco».

Le respondo con una sonrisa cansada y tapada por una mascarilla: Sí, un par de horitas y ya llegamos. Aquí es cuando empieza la conversación preguntándonos de donde somos, de donde venimos, pero poco más. Después de 3 minutos de conversación, vuelvo a las notas de mi móvil para seguir escribiendo palabras para darle forma a este texto que con ilusión quizás se colgará en Jóvenes Católicos. Y sorprendente el señor me mira y me dice: Perdón, tengo curiosidad, esto que escribes ¿es un libro? A mi me sale la sonrisilla por debajo de la mascarilla y le digo que es un texto para Jóvenes Católicos, explicándole en qué consiste esta red. Acabamos hablando durante unos 20 minutos sobre voluntariados, la gente joven, el covid, las universidades, el barrio de Gràcia de Barcelona y de las líneas de metro de nuestra ciudad. Me hacía preguntas y también me explicaba historietas o bien reflexiones suyas sobre los temas de los que hablábamos. Después de unos minutos de silencio, me dice: Soy Pedro, ¿tú como te llamas? Ese momento fue el mejor de toda la conversación y es que pasada rezar por Pedro cada día a partir de entonces.

Por fin se oye por el megáfono que la próxima estación es Barcelona. Si te soy sincera era el momento que estaba esperando desde hacía horas. Conecto los auriculares al Bluetooth del móvil y le doy al play a mi canción favorita del verano: Libertad, de Nil Moliner. La verdad es que antes de darle al play miro por la ventana y levanto la mirada hacia arriba pidiéndote que nunca me duerma, que no sea una marmota, sino un búho con los ojos bien abiertos para no perderme ni una mirada, ni una sonrisa, ni un gesto que me haces a través de pasajeros desconocidos. Ojalá siempre vivamos en un tren lleno de pasajeros de los que aprender tanto.

Marta Argelés

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