Queridos lectores, amigos y compañeros. Espero que estéis bien, tenía ya ganas de poder escribiros en este septiembre que avanza inexorable hacia el otoño. El verano pasó y es hora de volver a las tareas con mas fuerza. Hace varios días estuve en una tienda, muy bonita, donde en una estantería había muchas jarras de cristal, todas puestas al lado, colocadas en orden. Un niño estaba jugueteando por aquí y por allá hasta que casi tira una de ellas, y el vendedor le regañó diciéndole que si caía una, podía pasar que hiciese una especie de efecto dominó y cayesen todas.

Enseguida me paré a reflexionar con una historia que me contaron hace poco. Una conocida, una amiga que hice hace poco tiempo en mi ciudad, ha sido víctima de un engaño en su matrimonio durante muchos años, no entraré en más detalles por privacidad. Os aseguro que me quedé frío como el hielo, nunca me pude imaginar una historia tan escabrosa. Y es que realmente, todos somos esa jarra de cristal, puestas en la estantería, tan bonitas y tan relucientes, las unas con las otras. Pero a la vez tan frágiles, cae una y pueden caer todas.

Esto es precisamente el precio del pecado. No hiere solo al que lo comete, hiere también a los que están al lado, a los que participan, a los allegados de esos partícipes, hiere al propio vendedor (entiéndase lo que quiero decir), y así una larga cadena de todos con todos. Naturalmente hay pecados que tienen más alcance que otros; este en este caso se ha llevado por delante a muchas, pero muchas personas. Pero es así como os comentaba, la fragilidad del ser humano, del ser más amado de la Creación, es extrema, basta un ligero toque para hacernos caer.

Y es aquí donde entra Dios. Cuando pasa algo así nos preguntamos: ¿pero donde estás?. Aunque parezca todo en silencio, Jesús siempre está. Él lo prometió, prometió estar con nosotros hasta el fin de los días, y aunque no lo veamos, cumple su promesa. A Jesús le duele el dolor que sufrimos, como si fuese suyo; ese es uno de los sentidos de la Encarnación, hacerse igual al hombre en todo menos en el pecado. Cristo sufre el dolor humano como suyo propio, y no puedo evitar acordarme de los clavos que rompían sus tendones, sus fibras, mientras estaba en la Cruz. Pero no solo le duele tu dolor, le duele el del que comete el pecado, porque también es su hijo, porque lo quiso redimir en la Cruz y porque ni una gota de la Sangre de Cristo es en vano.

Por eso el precio del pecado es tan alto, tanto que llevó al Señor al padecimiento más extremo que se conoció. Pero precisamente por eso nada cae en saco roto. Ahora es época de volver a rehacerse, de dejarse amar por Dios, que lo hace e infinitamente, época de lucha y de coger la Cruz. Y recuerdo este verso de la (ya tan) famosa canción de Hakuna: “Todo lo que te haga pesar, dámelo a mí, que yo lo llevo por ti.” En ocasiones parece que con Dios las cosas no tienen sentido, pero creedme amigos que sin Dios, nada, pero nada en este mundo tiene sentido. Ánimo, que Dios lucha por nosotros, y con infinito amor, ¡Venceremos!

Carlos G.M.

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