domingo, septiembre 26, 2021
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La muerte no es el final

Apoyado el marco de la puerta interior de la iglesia de San Andrés de Baeza, el pasado miércoles por la tarde, quedó grabada en mi mente para siempre la estampa que tenía en diagonal, reflejando la contradicción que acompañó el resto de lo que allí vivimos, entre angustia y esperanza, tristeza y belleza. Juan, hermano mayor de Pablo; Elisa, su hermana pequeña; y Juan y Mónica, sus padres; los cuatro abrazados, con un rostro de inmenso dolor –salvo Elisa, que con la inocencia e incomprensión propias de la edad, aparentaba cierta normalidad-, mientras cubrían el féretro con la bandera de España y el estandarte de Sta. Mª del Alcázar, lo levantaban sus compañeros cadetes de la Academia General Militar, y a hombros con paso firme entraban en la iglesia, con un silencio que solo dejaba oír sus fuertes pasos y las escuetas órdenes que los guiaban.

El lunes por la tarde recibíamos la horrible noticia del fallecimiento de Pablo, mientras realizaba unas maniobras militares en el Campo de San Gregorio, en Zaragoza. La muerte de cualquier amigo o familiar es dura y triste, pero hay algunas en parte asumidas. No es este el caso, sino que Pablo, con 22 años, un chaval sano y bueno, nos ha dejado de repente y no es fácil aceptarlo, ni creerlo. Su muerte hace temblar los cimientos de cualquiera, por cristiano y piadoso que sea, con la pregunta de siempre: ¿por qué?

Evidentemente, no tenemos la respuesta. Como dijo el “pater”, capellán castrense que celebró la Misa “y digo bien, celebró” –dijo él mismo-, no hay palabra humana alguna que alivie y consuele el dolor y la tristeza de la familia de Pablo y sus amigos, a lo que añadió, que si bien no la hay humana, sí que la hay Sagrada. El Evangelio que se leyó fue el que narra la resurrección de Lázaro, en el que Jesús nos hace claramente una promesa: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá”. Esta es la máxima esperanza de un cristiano, la cual, estando presente en el día a día, hace más llevaderas todas las penas, y en este caso, solo en parte, una pena tan grande.

Y añadió el pater, con palabras muy claras, que solo el que vive en este mundo sirviendo a los demás, tiene y desarrolla una esperanza real en Cielo. Esa vocación de servicio se hizo ayer muy presente. Pablo murió sirviendo, y preparándose para servir. En la Academia General Militar, iniciando su cuarto curso le correspondía ya empezar a formar a otros en ese servicio a su España, con el noble objetivo de mantener la paz y la seguridad de todos sus compatriotas e, incluso, de llevar los valores y derechos humanos y, en el fondo, de profundas raíces cristianas, a otros lugares del mundo. Por eso en las preces se rezó por que los jóvenes no pongamos nuestros esfuerzos en cosas perecederas. Eso hizo Pablo, optar por un camino de esfuerzo y sacrificio, de entrega a los demás, a costa de muchas comodidades y apetencias, lo cual no está muy en boga. Quizá sea ésta la mejor enseñanza que nos deja, pero no la única.

La Misa, a pesar de la tristeza, nos hizo partícipes de cierta belleza. La música acompañó en todo momento la oración. El Himno de España, en su versión más solemne, tocado tras la consagración al Rey de Reyes –lejos de ser un capricho patriótico, se toca en señal de respeto no a un rey terrenal, sino al Rey de nuestras vidas-, fue conmovedor. Como también lo fueron el Aleluya y “Cerca de ti Señor”, solo tocadas con violín y piano, solemnes y preciosas. Por supuesto, el himno a los caídos, ya rezado por el pater en la homilía, que los muchos compañeros de promoción venidos desde Zaragoza, entonaron con gran emoción para despedir a su amigo, y al que tuvimos el privilegio de unirnos los demás hasta donde las lágrimas nos permitían, pues se hicieron casi inevitables en esta ocasión, ya que el féretro fue portado por su hermano Juan, sus primos y amigos, que más que llevarlo se abrazaban a él para despedirse, llorando, con inmensa tristeza, que todos compartimos.

Cuando la pena nos alcanza,

por un compañero perdido,

cuando el adiós dolorido,

busca en la Fe su esperanza.

En tu palabra confiamos,

con la certeza que tú,

ya le has devuelto a la vida,

ya le has llevado a la luz.

Ya le has devuelto la vida,

ya le has llevado a la luz”

Sirva este escrito como pequeño tributo al ejemplo que dejan Pablo y su familia. Él, de servicio, entrega, compromiso… y tantos otros valores que ha afianzado en sus compañeros de promoción para el resto de sus vidas. Su familia, por la madurez, humanidad y entereza con la que han encajado su pérdida, el orgullo compartido que nos han hecho extensible, el cariño con el que nos han recibido a todos los que queríamos acompañarlos, la fe y la esperanza en la que se han apoyado para empezar a sobreponerse y, en definitiva, por la enseñanza que nos dejan.

Como decía un artículo estos días, “el pobre diablo que piense que la vida de Pablo es una vida malgastada, no alcanza a comprender la lección magistral que el ejemplo del caballero alférez cadete deja a sus compañeros”. La gran ausencia que sentirán a partir de ahora su familia y amigos más cercanos, contrasta con la presencia que deja en todos los que sólo lo veíamos de vez en cuando, e incluso en quienes no lo conocían y ahora conocen su historia. Presencia que, con tan solo recordar su imagen, nos hará dar un paso más en nuestros esfuerzos y servicios diarios, nos recordará que jóvenes y sanos también podemos dejar este mundo cualquier día, que debemos centrarnos en lo que importa y luchar por lo que vale la pena, y que nos acercará a Dios con solo acompañarlos y rezar por ellos en nuestra oración.

Gracias Pablo, porque tu ejemplo nos deja claro, sobre todo, que la muerte no es el final.

Dale Señor el descanso eterno. Brille para él la luz perpetua. Descanse en paz.

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