Estoy en el asiento 3A del tren que sale de la Coruña a las 7.50 de la mañana. Dejando atrás el lugar donde veraneo me encuentro sentada al lado de la ventanilla con un poco de sueño. En el vagón solo estamos un chico de unos 30 años apegado a un libro y yo, así que aprovechando el silencio y tranquilidad del ambiente cierro un poco los ojos. En la siguiente parada, Santiago de Compostela, se suben muchos peregrinos con sonrisas que contagian y decido incorporarme sacándome el antifaz para no perderme ni media sonrisa. Y la verdad es que sus miradas de felicidad deslumbran, destacan, iluminan y sobretodo despiertan al que estaba dormido, como yo.
Es un renacer, darse cuenta de todo lo que el Señor nos puede decir a través de pasajeros que no conocemos, pasajeros del mismo tren que todos cogemos, el tren de la vida terrenal.
_Señor, simplemente con la entrada de esos peregrinos, alegres y nada ruidosos, me hablas de la verdadera alegría y felicidad, que no es aquella que va ligada a la comodidad y facilidad, sino todo lo contrario. Me haces este recordatorio de que la felicidad verdadera solamente surge del interior, del seguirte. En otras palabras, como dice San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la Obra de Dios, «Lætetur cor quærentium Dominum» —Alégrese el corazón de los que buscan al Señor._ 
Sigo sentada junto a la ventanilla disfrutando de las vistas con música de fondo. Empiezo a ver paisajes cada vez más bonitos: verde y más verde, inmensos bosques, y entre tanto árbol aparece un río que se va haciendo cada vez más caudaloso. Me entra la inquietud de saber qué río es, así que abro el Maps del móvil y empiezo a buscar el recorrido de ese río que tanto me ha embaucado.
_Señor, y ¡qué grandeza creaste! Me siento diminuta ante tanta inmensidad. Te imagino diciéndome: «Esto es sólo un pequeño reflejo de lo que va a ser vuestro hogar, el Cielo». A la vez, me haces ver que la inmensidad no es todo aquello que mis ojos alcanzan ver, sino  lo que llevamos en nuestro interior, en nuestra alma. Eso sí que es realmente inmenso._ 
Me fascinan dos puntos de Camino, un librito que escribió San Josemaría, anteriormente nombrado, que hablan de esta inmensidad relacionada con nuestro interior: 279 La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones.—Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen. // 283 Distraerte. —¡Necesitas distraerte!…, abriendo mucho tus ojos para que entren bien las imágenes de las cosas, o cerrándolos casi, por exigencias de tu miopía… ¡Ciérralos del todo!: ten vida interior, y verás, con color y relieve insospechados, las maravillas de un mundo mejor, de un mundo nuevo: y tratarás a Dios…, y conocerás tu miseria…, y te endiosarás… con un endiosamiento que, al acercarte a tu Padre, te hará más hermano de tus hermanos los hombres. 
Paramos en León y entra una familia humilde. Se me clava la mirada en la niña, hija de ese matrimonio relativamente joven, que debe tener unos 8 años y se la ve decidida, además de estilosa llevando un sombrero de paja veraniego cubriendo sus rizos dorados. La madre y la hija se sientan en la fila de parejas de asientos de mi lado y el padre se va más atrás. La niña se pone a leer cuentos y luego a jugar con sus propias manos, pero en lo que me fijo es en la mirada de la madre. Ella está mirando a su hija con una sonrisa limpia y profunda, pero que no se trata de una sonrisa facial sino de una sonrisa discreta pero acompañada de una mirada de amor. No es una mirada de posesión. Tampoco es una mirada de fastidio, a pesar del cansancio que la expresión facial de la madre muestra. Ni es una mirada de agobio ni de atención excesiva hacia su hija, cayendo en el ser una madre demasiado protectora. Pero sí que es una mirada parecida, o mejor dicho, muy muy parecida a la que el Señor tiene hacía nosotros. O almenos así es como yo me la imagino o incluso experimento. Nosotros somos sus hijos, y ante esa filiación divina Él tiene el papel de Padre, por no decir Padrazo, con nosotros.
_Esta mirada me da qué pensar, porque tiene tantas cualidades detrás de las que me gustaría empaparme, para así yo también intentar mirar así a la gente de este tren, a mis amigos, a mi familia, a ti Señor._ 
Cuando pasan unos 30 minutos la niña le dice a su madre: «Mamá, ¿vamos a ver a papá?» Y antes de que la madre responda ella se levanta y decide ir a buscarlo. El padre viene arrastrado de la mano de su hija y les pregunta a sus dos chicas si están cómodas. Y la madre hace un gesto de coger a la niña para que se siente en su regazo, dejando libre el asiento para su padre. Minutos más tarde me vuelvo a fijar en ellos y veo al matrimonio cogido de la mano y la niña con una sonrisa de oreja a oreja sentada en las piernas de su madre.
«Hoy, la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, ser familia hoy; lo indispensable que es esto para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad. La familia nace de un proyecto de amor que quiere crecer como se construye una casa: que sea lugar de afecto, de ayuda, de esperanza. Y el matrimonio es un largo viaje que dura toda la vida, y necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos, con confianza, para acogerse, uno al otro cada día, y perdonarse cada día, y esto es importante en las familias, saber perdonarse. Porque todos nosotros tenemos defectos. ¡Todos!» Estas son palabras del Papa Francisco en un encuentro que tuvo el 20 de febrero con varios obispos que trataban el tema de la familia. Y son palabras que me hacen pensar, y que a pesar de ser una chica de tan solo 20 años a la que le falta mucho recorrido, me parecen interesantes de leer y releer dichas palabras del Papa.
Marta Argelés
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