He leído de diferentes autores, en diferentes contextos, con palabras más, palabras menos, que todo aquello que uno hace tiene impreso parte del alma de aquél o aquélla quien lo plasma, y este artículo (y los demás que he escrito) no es la excepción.

Iniciar con un nuevo proyecto, estar en un lugar nuevo, tener una nueva tarea, compartir con personas no tan conocidas, en fin. Toda aquella situación que implica comenzar de cero, nos da miedo, y es algo natural: experimentamos miedo a no saber que va pasar, a no tener en nuestras manos el rumbo de aquello, solo tenemos disponible nuestra disposición y nuestro esfuerzo. Y con esto, esperamos que de una forma inmediata, todo sea un éxito en esto nuevo.

Y nos empeñamos en que todo salga bien, que ocupamos todas nuestras fuerzas solo en este aspecto, para que todo quede perfecto. Pero se nos olvida algo importante: que no todo está en nuestras manos, hay ciertos aspectos de aquello nuevo y desconocido que no podemos controlar, ¿Por qué no puedo controlar todo? Porque es algo natural, porque no somos todo poderosos, porque existen muchísimas variables que provocan que las cosas cambien el curso que teníamos planeado.

Pero no hay que paralizarnos por el miedo a tener que realizar mayores esfuerzos, o a adentrarnos a entornos desconocidos, o porque algunas cosas salgan de nuestras manos, sino que, con fe, hay que aprender a disfrutar de los procesos, ante situaciones así. Queremos escapar de los procesos que implican esfuerzo, sacrificio, dolor o incomodidades, pero si se quiere llegar a la meta hay que estar dispuestos a tomar las cosas de frente. No existe el beneficio sin el sacrificio.

Así que ¿Por qué no le damos la vuelta a nuestra perspectiva? Disfruta las caídas y los golpes, las risas y el llanto, los sacrificios y el tiempo invertido, las veredas desconocidas y los encuentros con las personas no tan conocidas que se convierten en amigos, de las correcciones y de los momentos de alegría, del estar tan cerca de lo anhelado y al mismo tiempo del desgaste que te ha provocado llegar hasta ahí. De esto se trata la vida del cristiano: de luchar hasta el final por la corona que no se marchita, pero el camino que se traza, que sea un camino bien vivido, cada uno de sus momentos.

Que no se te olvide de dónde vienes y hacia dónde vas, y durante el proceso: disfrutarlo, y dejar que Dios te guie hacia lo que es mejor para ti.

Abraham Cañedo

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