Cómo expresar la gloria de Dios en un párrafo de gracias, días de inmenso gozo y de la cercanía del Señor en la intimidad y en la vida oculta. Habían aparecido los miedos, la incertidumbre, las dudas y esas preguntas sin respuesta ¿de verdad te vas solo?. Había que ir a un lugar a descansar, a experimentar un amor aterrizado, peregrinar por dentro en Roma y Asís, búsquedas y silencios. Ojalá pudiera expresar todo lo que habita en mi corazón, pero la humildad y la discreción, me llevan al despojo de mi vida interior.

Encontrar verdaderamente el rostro del Señor, caminando y abandonándome en las manos de Dios, cada eucaristía, cada oración personal, cada rosario, siempre ofrecido en favor de los que más sufren. Ser un buscador de Dios y encontrar el agua del pozo de Sicar, el que sacia de verdad, donde habita la patria de nuestro corazón.

La persona, como dice el Papa Emérito Benedicto XVI, tiene necesidad de ser un alma contemplativa en el mundo de hoy de ser de verdad un hombre de Dios, un apóstol de la ternura y de la fraternidad. En un mundo que se pretende vivir demasiado deprisa y sin reflexionar mucho, es bueno caminar hacia un nuevo estilo de vida con la sencillez y la pobreza del evangelio.

Muchas veces el verano es tiempo de pereza, despropósito y desfases, que importante es eso de vivir de otra manera, habitando de verdad en la tierra de los vivos y no buscando como hizo María Magdalena, los signos de la muerte en nuestra vida.

Estos días de tanta gracia, no he caminado solo, he experimentado el abandono y la comunión de los santos, esas personas de carne y hueso, con alma de eternidad que habitaron en el evangelio, para gozar del Reino de los Cielos, ellos son los bienaventurados, como San Pedro, San Juan Pablo II, Santa Catalina de Siena, San Ignacio de Loyola, San Francisco y Santa Clara, el Beato Carlo Acutis y el Padre Pedro Arrupe y Felice Capello.

En Asís, en el corazón de Perugia, el parque del monte Subasio, experimenté el Reino de los cielos, esa Betania, que es hogar de verdadera paz. Vienen a la memoria, dentro de la desnudez humana, los miedos, el abandono, la traición, las renuncias, pero. ¿de que se trata? De poner mi vida en tus manos Señor, de que tu Reino no es de este mundo, de tu palabra y tu pan como camino hacia el cielo.

Estamos llamados a anunciar la verdad y el Reino de los cielos. Los cristianos no seguimos a un Cristo muerto en la cruz, sino a un Dios vivo que ha resucitado.

Acompañar y acoger con las lagrimas de los que lloran, como dijo el Papa Francisco a los voluntarios de la Asociación Lazare: “Ir a las periferias, que suelen estar llenas de soledad, tristeza, heridas interiores y pérdida de ganas de vivir. Con tus palabras y acciones, derrama el aceite de la consolación y la curación en los corazones heridos».

Hoy no nos podemos permitir que el mundo siga liberando a Barrabás, Cristo debe ser anunciado, vivido y proclamado. Es momento de entregar al Señor nuestra vida, con nuestros sufrimientos, nuestras alegrías, nuestras esperanzas, nuestros consuelos, nuestras pobrezas y nuestras elecciones.

Busquemos las marcas y las heridas del resucitado en nuestra vida, donde habitan nuestros tesoros, nuestra felicidad. Que la luz del Señor brille siempre en nuestro corazón.

Que hoy y siempre pronunciemos estas palabras: “Sed de ti Señor, dame de beber”. Donde se cuele la enfermedad de la discrepancia, pongamos la verdad del evangelio.

Como dice el Papa Francisco: “Acoger, cuidar y escuchar, frente al individualismo, la indiferencia y el egoísmo”.

Alberto Diago Santos

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