Pier Giorgio fue un joven que nació en el año 1901, en medio de una familia acaudalada de Turín, Italia; su padre tenía ciertas tendencias anticlericales y su madre, un poco más conservadora, fue quien le transmitió la fe católica.

Desde muy temprana edad, mostró gran sensibilidad espiritual, especialmente en el amor por el más necesitado. Estudió en un colegio jesuita y, gracias al apoyo de sus profesores sacerdotes, fue reforzándose en la fe, acercándose más a la Eucaristía y al estudio del Catecismo.

Al empezar su adolescencia, Giorgio sintió una gran necesidad por empaparse del Evangelio. Por ello, participó en un buen número de asociaciones católicas a través de las cuales conoció más su fe, creció en la vida de oración y aprendió a dar testimonio de su cristiandad en la asistencia a los demás.

A los 13 años fue invitado por su instituto a recibir la comunión diaria, lo cual se convirtió en un parteaguas en su vida ya que, a partir de ese momento, nunca dejó de recibir la comunión cada día. Humildemente él solía decir: <<Jesús me visita todas las mañanas en la comunión y yo le devuelvo la visita al estar con los pobres>>.

Pese a su buena posición social y económica, nunca se comportó como un hijo privilegiado, al contrario, prefería llevar una vida austera en la que ahorraba lo que le daban sus padres para poder con ello ayudar a los pobres. Cuentan en su biografía que una vez un amigo le preguntó por qué siempre elegía la tercera clase del tren, cuando claramente podía pagar un billete mejor, él respondió: <<Porque no hay cuarta clase>>. 

Se destacó por ser un joven fresco, activo, amante del deporte y que logró combinar su activismo con la piedad, la devoción, la bondad y la humanidad de la santidad en la vida cotidiana. Nunca dejó escapar una oportunidad para llevar a sus amigos a la Santa Misa y el rezo del Santo Rosario.

A la edad de 24 años le diagnosticaron poliomielitis fulminante, una enfermedad que provocó su muerte en tan sólo una semana.

San Juan Pablo II lo beatificó en 1990 y destacó que, con su ejemplo: “Pier Giorgio proclama que es ‘santa’ la vida que se conduce con el Espíritu Santo (…) y que sólo quien se convierte en ‘hombre de las Bienaventuranzas’ logra comunicar a los hermanos el amor y la paz”.

Giorgio se reconoció como un hijo amado por su Padre Dios y esto lo transformó. Su catolicismo se volvió tan vivo, tan santo, que nos ha dejado grandes ejemplos que podemos poner en práctica, incluso en nuestra cotidianidad. A continuación te compartimos algunos de estos:

1) La alegría del Evangelio

En su vida se topó con muchas personas que no compartían sus ideales. Incluyendo a su padre, con quien tuvo un sinfín de roses por sus diferentes formas de pensar. Pero, el no respondía a estas provocaciones, al contrario, siempre mostraba una inmensa alegría y aceptaba todo con serenidad y amabilidad.

Cuando uno ama al Señor y se deja llenar por Su Amor, no podría caber otro sentimiento más grande que la alegría. Pier Giorgio lo sabía y por ello, a pesar de sus sacrificios, vivía reflejando la alegría del Evangelio.

2) Ver cada momento como una oportunidad para Evangelizar

Pier Giorgio era un joven amiguero, que destacó siempre por su simpatía. Existen fotografías que lo presentan en la escalada con sus amigos, en la universidad estudiando en grupos o invitando a sus compañeros a participar en asociaciones de beneficencia.

Y, a pesar del carácter anticatólico de la época, llevó una vida de evangelización apasionante, con gran compromiso social y hasta político; especialmente entre sus grupos universitarios. Es difícil pensar cómo es que le alcanzaban los días para hacer todo lo que se proponía, pero lo hacía (seguro alguna ayuda celestial tenía).

No se detenía por nada, ni nadie, porque sabía que la verdad estaba de su lado. El catolicismo para el eran como los lentes a través de los cuales veía toda su vida.

¿Cuántas veces nos hemos frenado en nuestra evangelización por pena o temor? Estoy segura que a todos nos ha pasado más de una vez. Por ello, según el ejemplo de Giorgio, nosotros también podríamos ver cada momento como una oportunidad de evangelizar sin miedo…, en las pláticas con nuestros papás, con nuestros amigos, en la Parroquia… pero también cuando no estamos haciendo algo notoriamente relacionado con la Iglesia, como al ir al Estadio o salir a correr.

3) Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha

El día de su funeral fue increíble. Las calles de Turín se llenaron de sacerdotes, estudiantes y todas las personas a quienes él había servido desinteresadamente por años. Su hermana Luciana, en la biografía de Giorgio, cuenta que hasta ese día fue que realmente conocieron toda su obra.

También contó que, en su juventud, los padres de Pier solían reprenderlo porque pensaban que perdía sus pertenencias constantemente, pero en realidad las obsequiaba a cuanto necesitado se topada por que él realmente veía a Jesús en ellos.

Su ejemplo de vida fue hermoso porque jamás presumió de sus buenas obras. Al contrario, las guardaba como un acto de alabanza al mismo Jesús.

Valdría la pena también que nosotros recordásemos que la verdadera recompensa está en el Cielo y para Dios obramos, no necesitamos del reconocimiento de nadie más.

Uno extra:

Pier Giorgio tenía dos profundos pilares para alcanzar la santidad en lo cotidiano, que incluso comparte con muchos otros santos. El primero: Pier tenía una profunda devoción a la Virgen María, realmente la amaba y constantemente rezaba el Rosario. El segundo: Pier tenía un profundo corazón Eucarístico; todas las mañanas comulgaba e incluso se entendía a sí mismo como una Custodia viva.

Pier Giorgio Frassati, es un beato que en lo cotidiano y sin una renuncia abrupta a su vida, logró cultivar los tres mayores consejos evangélicos: la pobreza, la obediencia y la castidad, con un nivel heroico pero alcanzable. Es por ello que su ordinaria santidad se vuelve tan atractiva.

Su historia de santidad se ha vuelto una de mis favoritas, espero que a ti también te haya gustado. Oremos para que, según el ejemplo de Pier Giorgio Frassati, podamos aprender a ver la santidad en lo ordinario y nos esforcemos por hacer de cada una de nuestras acciones unas que nos lleven al Cielo. Así sea.

Myriam Ponce

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