Hola queridos amigos, ¿cómo estáis?. Sé que quizá algunos echéis de menos esa catequesis semanal a la que os tenía acostumbrados, pero he necesitado de un tiempo de descanso para volver con nuevas ideas y reflexiones, volveré pronto, pero no he querido dejaros al menos en este artículo mensual que con tanto cariño preparo pensando en vosotros. Tengo un buen amigo, que conocí hace varios meses, un cristiano converso hace relativamente poco que para mí ha sido todo un aprendizaje.

Mi relación con él fue en un primer momento laboral, aunque después con el tiempo todo fue cambiando. De él he aprendido cientos de cosas, la más importante es a mejorar el amor con la persona que tenemos al lado. Habitualmente trabajábamos con personas extranjeras, de diferente cultura y religión. Ello me ha llevado a la más pura empatía; más allá de la cultura o de la fe, todos somos personas, tan iguales pero a la vez tan diferentes. Todos hijos de Dios, indignos de nada pero a la vez amados del todo por Dios. Nunca antes me había visto en una situación así, acostumbrado a no tener más trato con personas de fe fuera de los muros de nuestras iglesias, en aquellos meses aprendí lo que era de verdad el amor al hermano: el escuchar, el entender, el ponerse en la piel del que ha sufrido tanto, el tener la posibilidad de ayudar y de hacerlo. Y no solamente ello, sino también del trato diario: el limpiar la oficina, el servir un café, el preguntar como fue el día… todos ellos son gestos pequeños pero importantes de amor. Ahí se manifiesta el amor, en lo pequeño: recordad aquello de Cristo: el que quiera ser más grande que sea el más pequeño.

Muchas veces me decía: “Paciencia Carlitos, Paciencia.” Y es cierto que soy muy impaciente, pero no le falta nada de razón. En su poema, Santa Teresa decía: “Nada te turbe, nada te espante, la paciencia todo lo alcanza, solo Dios basta.” Y parece que mi querido amigo se inspiraba en estas bellas líneas para enseñarme que la paciencia es necesaria para todo, para amar, para servir, para llevar la Cruz, para sacar un buen trabajo, una oposición o simplemente para la actividad más pequeña de cada día. Sin paciencia nada se puede conseguir. Por ello yo quería intentar explicar hoy justo esto, es bueno que intentemos ponernos en la piel del que tenemos al lado, recordad, nadie es más que nadie, y todos tenemos una historia detrás. Esa persona que nos visita cada día al trabajo, ese mendigo que encontramos en la calle, ese familiar enfermo, ese amigo que nos cuenta siempre lo mismo… todos ellos tienen en común que son amados por Dios y por tanto debemos amarlos igualmente; servirles, lavarles en definitiva los pies.

Y creedme amigos míos que este ha sido uno de los períodos más fructíferos de mi vida, tanto a él como al resto de amigos que tenemos en común les debo mucho, lo principal, ayudarme a ver a Dios como lo que es: Amor. Pues ojalá sepamos todos amar cada día, con paciencia y con servicio, aún en los gestos más pequeños, y ojalá tengamos la oportunidad de crecer un poco cada día para enseñar al mundo a Jesús, que por momentos clama angustioso de su necesidad. Gracias por todo “Ale”, te quiere Carlos (¡Y a todos los demás!).

Carlos García Moreno

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