Durante las vacaciones es frecuente que tengamos que buscar los horarios de misa del lugar, calcular planes y distancias… Agradecer cuando hay una iglesia cerca, con un sacerdote disponible, y notar ese miedo y tristeza cuando no lo hay…

En esta ocasión os quiero compartir lo que he visto hoy, una preciosa ceremonia de 50 años de matrimonio en la que he visto un grupo de creyentes que son saben que lo son. Me explico. Es un pueblo pequeño, se nota que la población ha envejecido, los abuelos hacían sus bodas de oro y habían venido hijos, nietos, primos desde otras ciudades, en plena ola de calor algunos iban con traje, otros, los más, con lo más formal que encontraron en casa, como suele pasar, la inmensa mayoría notoriamente no sabían cómo responder en la misa, cuándo ponerse de pie, cuando permanecer sentados… Algo parecido a un mordisco de lamento nacía en mi «caray, qué pena que se haya perdido la fe de una generación a las siguientes…» cuando tuve el regalazo de darme cuenta de que la que no tenía ni idea era yo.

Nuevamente, me explico. O eso intento.

Era notoria la alegría honda, la gratitud, las ganas de estar de manteles largos por esos 50 años, gente que no suele estar en misa estaba ahí, y escuchaban atentos, a todo hacían fotos, habían no pocos gestos de cariño (de banco a banco, pese a las distancias y a las mascarillas, ya todos sabemos que cuando sonríes, sí que se nota). Dejé de ver un grupo más perdido que pulpo en garaje o cenicero en moto… Vi familiares agradecidos, buscando dar el gusto al otro en lo que para el otro es importante, vi padres cariñosos, vi niños atentos, saludos, reencuentros, asombro… Si eso no es una actitud cristiana, no sé qué sí lo sea. La práctica religiosa no es sólo la materialidad ritualista, son gestos llenos de valor y significado, y espero profundamente que ellos tengan la ocasión de conocer ese tesoro, se aumenta en mi el celo por las misiones a tiempo y a destiempo, pero desde otro ángulo. Con esperanza, lo que ya estaba ahí presente era de una calidad evangélica muy seria.

¿No será que muchas veces nos pasa eso? Dejamos de reconocer a Cristo presente solo porque nos cambia la presentación… No lo sé, pero como dice «por sus frutos se conocerán…» y los frutos de esa celebración familiar para mi han sido de asombro y gratitud. Hay más creyentes de los que imaginamos, hay que avisarles que lo son y considerarles como tales, compartir de lo nuestro y aprender de lo suyo.

Paulina Nuñez

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