jueves, octubre 21, 2021
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El amor de Dios no tiene límites

Somos Mimi de Lorenzo, María Corominas e Ignacio García, tres de los sesenta jóvenes que hace unas semanas hicimos el Camino de Santiago de la mano de la Pastoral Universitaria de Madrid y, en especial, de la Capilla de la Escuela de Industriales de la UPM.

Estas palabras que vamos a transmitir nacen del amor que hemos podido percibir durante estos 9 días de peregrinación, amor que hemos percibido en todos y cada uno de nuestros amigos y compañeros y en las personas que nos hemos ido encontrando por el Camino.

Tuvimos la suerte de empezar esta peregrinación celebrando misa en la casa de las Madres Carmelitas Descalzas de Ciudad Rodrigo. Tras la celebración de la eucaristía, las monjitas nos prepararon unos canapés, tortillas y empanadas que nos supieron a gloria, nunca mejor dicho. Pudimos disfrutar de un breve locutorio con ellas en el que tuvimos la oportunidad de conocer la sencillez con la que viven y la oración constante en la que piden por tantas intenciones. Estos dos aspectos nos marcarían la manera de vivir estos días de peregrinación: con la mayor sencillez posible y en oración.

Tras ese especial encuentro, llegamos al lugar donde nos prepararíamos para los siguientes días de Camino, a Fátima. Fue uno de los momentos más emocionantes de todos estos días. Nos arrodillamos ante la Virgen y le dijimos: “Madre, en tus manos dejamos todo: a nuestras familias, nuestras amigos, nuestras preocupaciones, nuestros proyectos personales y profesionales; todo, todo, todo”. Fue la mejor manera de comenzar nuestro Camino, Camino físico e interior, cogiendo fuerzas junto a nuestra Madre. Solo unas horas en su compañía pero, ¿sabéis qué? ¡Los primeros milagros se dieron antes de partir hacia Galicia!

La mayoría de nosotros estamos acabando nuestros años de estudios universitarios y sabíamos que el Camino de Santiago no sería un viaje que nos dejara indiferentes. ¡No tenemos nada que ver cómo empezó! Este Camino ha sido la mejor manera de terminar esta etapa, de parar, de coger fuerzas y poder comenzar una nueva etapa en nuestras vidas.

Antes de empezar nuestra peregrinación, uno de los sacerdotes que nos acompañaban nos presentó el símil de nuestra vida como un Camino invitándonos a reflexionar hacia dónde estamos caminando, de quien nos rodeamos en este Camino y cómo estamos caminando.

Esto nos dió mucho que pensar durante los primeros días, la mayoría pensábamos que nuestra vida era estupenda, muchos éramos conformistas con lo que teníamos, pero pocos nos habíamos parado alguna vez a reflexionar desde este punto de vista.

Verdaderamente este Camino, como nuestra vida, ha sido un encuentro constante con Dios, un encuentro con Dios en todos y cada uno de nuestros compañeros y amigos, en el que hemos podido descubrir puntos débiles y limitaciones de las cuales no éramos conscientes. Hemos podido conocernos un poco mejor a nosotros mismos y a las personas con las que hemos compartido, escuchando  y, también, siendo escuchados.

Además, tras muchas horas de caminata, de oración y compartir conversaciones con los demás, hemos podido darnos cuenta que muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos límites y desviamos nuestra vida. Tenemos que trabajar, esforzarnos y confiar. Solo de esta manera podremos VIVIR con mayúsculas.

Definitivamente, durante los días de peregrinación y una vez llegamos ante el Apóstol fuimos encontrando sentido a estas preguntas y concluimos que el Camino de la vida ha de hacerse acompañado, no podemos solos. El Señor nos va poniendo delante a todas aquellas personas que van a estar con nosotros, con quienes vamos a reír y llorar, que van a liarla y disfrutar a nuestro lado, con el ansia puesta en entregar su corazón al completo, sin medias tintas.

Cuanto más disfrutamos de las pequeñas cosas, cuanto más nos entregamos, más sentido tiene nuestra vida, como antes decíamos, una VIDA en mayúsculas.  Una vida que sólo se mida por la cantidad de AMOR que hay en ella, amor que se entrega y no espera nada a cambio, con una única meta: el Cielo.

Si algo hemos aprendido claramente durante estos días de peregrinación es que EL AMOR DE DIOS NO TIENE LÍMITES. ¡Aprovechémoslo!

Gracias Padre por darnos TODO, gracias Madre por acompañarnos SIEMPRE.

Nos vemos en el Cielo.

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