Poseedor de una herencia que no le pertenece, decide buscar por todos los medios al auténtico Wilding, ayudado por su abogado Sr. Bintrey y por su socio George Vendale.

Tal y como se explica en la introducción de la novela (p. 12), durante el proceso de creación, los dos autores mantuvieron una abundante correspondencia y esas cartas reflejan en parte los mecanismos de su colaboración literaria, porque dejan entrever hasta qué punto  llegaron los escritores a analizar cada capítulo y qué pudo aportar cada cual. Así, se puede aventurar que en ella son característicos de Collins los rasgos propios de una magnífica novela de intriga: el “tempo” de la obra, utilizado para dosificar el suspense, y la complicación de la trama, que se oscurece cada vez más. En cuanto a la aportación genial de Dickens, aparece con claridad en la caracterización de los personajes, en el humor frente a la realidad (por dura que esta sea), y en la atmósfera que enmarca la narración, incluidos la bondad y el sentido de la justicia tan característicos de este autor.

Con el estilo victoriano propio de estos grandes autores, en la obra destacan las magníficas descripciones (precisas y minuciosas) de los espacios públicos y privados; así como el análisis brillante de la psicología de los personajes, cuyas almas se escinden en dos mitades: el resplandor y la bajeza. El estudio de sus miradas y sus gestos, la armonía entre el gesto y la palabra, presentan al ser humano con sus vicios y virtudes de siempre que hacen de la obra un clásico intemporal. La bondad, la honradez, el arrepentimiento, la indulgencia, el perdón y la esperanza brillan de nuevo en esta obra  al igual que en sus novelas más famosas.

Reseña de Ana María Díaz Barranco para Club del lector

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