Era nuestra última noche en Torremolinos. Habíamos preparado un planazo: cerves y pizza viendo el mar!!!

Cuando nos estábamos haciendo las fotos para el recuerdo (y para el postureo) se nos acercó un hombre y nos preguntó: “¿Esas pizzas son vuestras? ¿Cuando acabéis podríais compartir un trozo conmigo?”

Él acababa de llegar a la playa con su colchón a cuestas y una sábana para protegerse de la brisa del mar, que a esas horas ya refresca. Todavía había luz.

Nosotros estábamos preparados para cenar una pizza barbacoa y otra cuatro quesos. En ese momento, pensamos: “¿Y si además de compartir un trozo con él compartimos nuestro tiempo?”.

Ya estaba tapado con su sábana a la orilla del mar, preparado para dormir a pesar de todas las luces y la música del paseo marítimo en pleno mes de agosto.

Le ofrecimos venirse con nosotros, a nuestra toalla, para cenar juntos. Sorprendido, no tardó en decirnos que sí. Se le iluminó la cara mientras se presentaba.

Nuestro invitado de esa noche se llamaba José. Nos contó sus años de trabajo en Holanda, su pasión por la ingeniería y el dibujo, porque como bien nos dijo: «Es muy importante saber dibujar para poder diseñar”.

También nos habló de sus problemas de salud. Estuvo unos cuantos años en coma después de consumir drogas.

Desde que salió del hospital, vive en la calle. Cuando hace frío se resguarda en bancos, portales o edificios abandonados. Pero en las noches de verano prefiere tener de banda sonora las olas del mar.

Cuando nos despedimos ya era de noche. Nos agradeció que le hubiésemos invitado a nuestra cita: “Llevaba mucho tiempo sin hablar con alguien”.

“Cuando vaya a Madrid me contáis vosotros vuestra historia, porque esta noche solo me habéis escuchado a mí”, nos dijo despidiéndose.

Nosotros pensábamos en “nuestro” planazo, pero el Señor nos puso a José en el camino para darnos cuenta de que el PLANAZO era cenar y hablar con él. Hemos brindado por la VIDA.

 Lucía Para y Natxo de Gamón

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