Buenas queridos amigos, ¿Qué tal estáis?. De nuevo tengo la oportunidad de escribiros en este verano tan atípico, más fresco de lo normal, al menos en donde resido. Bueno, hoy quería comentaros una pequeña idea que llevo dando vueltas varios días ya. He comprendido que en ocasiones la soberbia o la falsa creencia es más grande de lo que podíamos imaginar. Y la fe a veces parece tan débil que se quebraría con la más pequeña sacudida que recibiese.

Es muy frecuente ver cómo ante cualquier tribulación decimos: “Señor, Señor…”. Y nos preguntamos por qué sucede tal o cual cosa. Es parte de nuestra debilidad, nuestra flaqueza nos lleva a la duda y consiguientemente al miedo y a la desesperanza. Pero Jesús no es así, no entiende de temores y ni siquiera de nuestro tiempo, el suyo es perfecto, y sabe cuándo proporcionarnos lo que pedimos, y también por qué debemos pasar por ciertas pruebas.

Cuánto mejor no sería tener la fe del ciego de Jericó que no le importaba nada, solo quería ver a Jesús. Pero en tantas ocasiones nos parecemos a aquellos discípulos que navegaban en la barca con el Señor al lado y por miedo, inconsciencia o quizá pura debilidad, le despertaban para que les salvase de las olas. Son nuestro espejo en numerosas ocasiones, ante cualquier ola corremos llamando al Señor. Y hacemos bien, eso demuestra que somos como niños que dependen de su amor y su voluntad para seguir adelante una vez más. Pero más allá de la bondad de esto, debemos aprender a ser pacientes. El Dios en el que creemos es un Dios bueno, paciente y amoroso, sabe cuándo darnos y cuándo quitarnos, cuándo hacernos pasar por una prueba y cuándo sacarnos de ella.

Somos nosotros quienes debemos aprender de esa paciencia, y sobre todo saber confiar, confiar mucho en que vamos en los brazos de Jesús, y en ellos no va a pasar nada malo. Por si fuera poco nos acompaña también su madre, nuestra queridísima Virgen María, en cuyos labios nunca faltará un “no tienen vino”. Para todas y cada una de nuestras necesidades. Pues con el corazón lleno de agradecimiento y súplica, acudamos cada día con aire renovado a los brazos de nuestro Señor Jesucristo y su amorosa Madre. Hasta la próxima.

Carlos García Moreno

Artículo anteriorMi hermana es monja
Artículo siguienteAnte la queja, soluciones