El verano sigue pasando hojas de un calendario caluroso y a veces lleno de demasiadas ocupaciones, entretenimientos estériles en esta cultura del selfi, del narcisismo y de un egoísmo que se impone en nuestra vida.

Es bueno estos días que hagamos memoria del curso, de nuestro año, preguntarnos sobre nuestra verdad y nuestra sed. Ojalá estos días habite un amor aterrizado en nuestra vida, haciendo un camino interior de vida oculta y silencio.

Cuántas veces habremos ido a ese hogar y esa fraternidad que son nuestros mejores amigos, como hizo Jesús en Betania, con Marta, María y Lázaro. Necesitamos estas semanas ir a Betania, al hogar tranquilo y al silencio, alejarnos de la muchedumbre y del tumultuoso ruido de las calles. Vayamos con el Señor a descansar a un lugar que sea ese monte de los enamorados, donde habite la patria de nuestro corazón, viviendo con la sonrisa de los bienaventurados, con esa pobreza espiritual que nos identifica como cristianos, como verdaderos hijos de Dios y cooperadores de la verdad.

La humanidad de Jesús comienza en Betania, donde el Señor anuncia su pasión y su muerte, en Betania está la verdadera amistad que nos regala el cielo, la fidelidad a Jesús, el encuentro, el hogar y la fraternidad, como dice Santa Catalina de Siena: “La amistad que tiene su fuente en Dios, no se extingue nunca”. Seamos buenos amigos sin mercadear con los intereses personales.

Nada de lo que tenemos es nuestro ni nos pertenece, todo es don y gracia de Dios, de un Dios que es vida en nuestros corazones, en nuestros problemas, en nuestros sufrimientos y en nuestras alegrías. Siempre vale la pena sonreír, siendo limpios de corazón con una intención verdadera y no egoísta.

Los juicios, el apego al dinero, las murmuraciones, en la vida de cada persona siempre hay sufrimientos no aceptados, pidamos al Señor la gracia de habitar siempre en la tierra de los vivos, con la humildad, el amor y la mansedumbre.

Y cuando venga la prueba como tantas veces el Señor nos enseña en el evangelio, saber callarse, perseverar en la oración, buscar la luz y contemplar la Cruz. Así encontraremos nuestro verdadero camino, con heridas y silencios poblados. En todo humildad y paciencia.

¿De que tengo verdadera sed y hambre? ¿Cuál es el deseo que llena mi vida?

¡Buscad a Cristo! ¡Mirad a Cristo! ¡Vivid en Cristo!

San Juan Pablo II

Alberto Diago

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