El conocer a otra persona es, sin duda, una de las experiencias más hermosas que tenemos como seres humanos, porque podemos, a través de muchas formas, conectar con el otro, ya sea porque compartamos los mismos gustos musicales, tenemos algún amigo o amiga en común, por aspectos parecidos en nuestra personalidad, entre otras muchas razones para tener encuentro de verdad-

Y cuando conectamos, poco a poco vamos conociendo muchas cosas del otro: es natural de las relaciones humanas, pero creo que cada persona tiene un proceso, y conforme avanza la confianza, se comparten cada vez aspectos más profundos e íntimos, sin embargo, hay ciertos espacios, ciertas historias, ciertas situaciones del otro, en donde ya no entramos, y no debemos exigir hacerlo a la fuerza, pues mucho hay detrás.

Ante el silencio y la intimidad del otro, hay un sinfín de situaciones (muchas veces complejas) que no podemos alcanzar a dimensionar o visualizar, pues aquel hermano o aquella hermana está luchando su propia batalla. Y ante esto, no debemos de tomar una actitud demandante para incitar a la apertura del otro, sino debemos presentar una actitud comprensiva, en la cual demos espacio y no realicemos prejuicios.

Deberíamos tener mayor respeto por aquello que no se comparte, y en consecuencia, por todo lo que engloba la historia de una persona, desde el trato inicial, hasta la última palabra o gesto que podamos compartir con alguien, ya sea un buen amigo, o un total desconocido, con aquel que le abrimos las puertas de nuestro hogar, como con aquel desconocido, con quien compartimos una fila en el banco, o un asiento en el autobús. En fin, con cualquier persona podemos llegar a ser empáticos, no sabemos todo aquello que se esconde detrás del semblante del que vemos frente a nosotros.

Paciencia, amor, y sobre todo respeto, por aquello que no conocemos, pero que está ahí, eso que el otro solo comparte con Dios.

Abraham Cañedo

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