Desde mi historia personal, mi mayor motivación para vivir la castidad no ha sido que el Papa me felicite o que me peguen una estrella en la frente por cumplir los mandamientos. Vivo castamente porque noté un contraste en mi vida, un “antes” y un “después” al descubrimiento de esta virtud, cuando me la enseñaron, a mis 17 años.

Hoy, a los 31, puedo hacer una reflexión: no es necesario ser católico ni tampoco tener un pasado perfectamente puro y virginal. Pero sí es de gran ayuda tener una vida espiritual que te acompañe en el proceso.

#1 Toma las caídas de modo deportivo

Es difícil mantenerse firme en el propósito de la castidad: puedes sentirte incapaz de lograrlo o creer que es imposible. Sobre todo, cuando has tenido un pasado cargado de pornografía o de relaciones sexuales. O simplemente si estás muy enamorado. La frustración de no lograr objetivos es fuerte, pero la solución, no es abandonar. La mejor actitud es saber que, si fallas mil veces, te levantas mil veces con intención de mejorar.

Por otro lado, compartir tus dificultades permite desmitificar el falso título de la castidad. Se piensa erróneamente que quien la vive es “uno en un millón”, un caso extraordinario, un ser perfecto o un bicho raro —el otro extremo—. Pero, cuando das a conocer tus propias luchas y las debilidades que te han hecho caer una y otra vez, te hacen más cercano y empático con los demás. Contagiarás que vale la pena luchar por un objetivo, aunque sea difícil. Como en el deporte, es más motivador conocer las caídas de un atleta que ver solo sus éxitos.

#2 Dispones de los sacramentos

La castidad no discrimina creencias ni religiones. Todos entenderán los beneficios de esta virtud si se proponen vivirla: protestantes, ateos, budistas, seguidores de Beyoncé… Sin embargo, soy testigo de que los católicos tenemos una gran ventaja: el contar con los sacramentos, el canal por el cual recibes la Gracia de Dios. Una especie de suplemento espiritual para lograr objetivos.

Si quieres vivir la castidad y se te hace difícil, acude a la confesión y a la comunión. Qué fácil es decir que te levantes mil veces si caes mil veces, pero a veces el fracaso es desalentador. A través de los sacramentos, eso no te desanimará; al contrario, recibirás la fuerza para levantarte, una y otra vez, cada vez con más convicción.

#3 La Gracia permanece

Si bien los sacramentos te mantienen en carrera a pesar de las caídas, también te dan resultados permanentes. Compruébalo tú mismo y confiésate con un sacerdote el mismo defecto durante un año. Después de ese tiempo, habrán pasado dos cosas: o disminuyó la falta, o desapareció por completo. La ciencia concluirá que no hay explicación, pero que hay un efecto duradero contra todo pronóstico.

Es posible ver la luz después del túnel y sentir una paz indescriptible al saber que puedes dominar tus impulsos sexuales, que puedes vivir castamente a pesar de que al inicio parecía imposible. Se puede dejar la pornografía, la masturbación, o empezar a vivir una relación casta que aspira al matrimonio. Se logra misteriosamente porque, después de tanto quererlo, la Gracia de Dios permanece y actúa en ti.

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¿Es necesario ser religioso para vivir la castidad? La respuesta es que no. Pero, a través de la Gracia de Dios —recibida en los sacramentos, después de las caídas “deportivas”—, la experiencia se hace mejor, se vive con esperanza y se acelera el proceso de alcanzar objetivos. Con el contraste que notarás en tu vida, te darás cuenta de que hay algo más que el esfuerzo humano.

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Publicado en Ama fuerte
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