En aquellos días, en el desierto, comenzaron todos a murmurar contra Moisés y Aarón, y les decían: «¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto! Allí nos sentábamos junto a las ollas de carne, y comíamos hasta hartarnos; pero vosotros nos habéis traído al desierto para matarnos a todos de hambre.»
Entonces el Señor dijo a Moisés: «Voy a hacer que os llueva comida del cielo. La gente saldrá a diario a recoger únicamente lo necesario para el día. Quiero ver quién obedece mis instrucciones y quién no.»
Y el Señor se dirigió a Moisés y le dijo: «He oído murmurar a los israelitas. Habla con ellos y diles: «Al atardecer comeréis carne, y por la mañana comeréis hasta quedar satisfechos. Así sabréis que yo soy el Señor vuestro Dios.

Este pasaje es del libro del Éxodo, tiene miles de años, tampoco voy a deciros que tiene 50 mil años pero, tiene bastantes. Y sin embargo parece que las personas que hablan en este pasaje, bien podrían vivir en nuestra época, o nosotros en la suya según se mire. La esclavitud del pueblo de Israel fue algo largo y complicado, más finalmente Dios les libró de ella. A los israelitas no parecía que estuviesen conformes con su “nueva vida”. Más bien se lamentan, prefieren la esclavitud porque va ligada a la comodidad del trabajo; no quieren asumir el riesgo de iniciar una nueva vida, que les reporte más beneficio a cambio de la confianza en Dios y el sacrificio.

Pues en tantas ocasiones siquiera nos parecemos a ellos; muchas veces estamos “atados” a nuestra esclavitud particular que nos acarrea una comodidad, una zona de confort. Cumplimos fielmente nuestras obligaciones diarias sabiendo que después hay un remanso de paz. Y si después el Señor nos lleva por otros derroteros, clamamos e incluso decimos: “Qué bien estábamos en Egipto». Como si de los propios israelitas se tratase. Al final les esperaba la Tierra Prometida, pero Dios les pedía paciencia y confianza. Y así debía de ser, y así es con todos y cada uno de nosotros. Sacrificarse es duro, es costoso, el cambio nos asusta, pero debemos afrontarlo fuertemente, sabiendo que es Dios quién nos lo pide, para mejorarnos la vida.

La tierra prometida particular de cada uno está lejos, pero está. Solo se requiere de esfuerzo y sacrificio para iniciar el viaje, cuanto mejor eso que quedarnos cómodos con nuestra olla de carne como pasaba de antiguo en el pueblo de Israel. Con ánimo y fuerza, y sobre todo con Fe llegaremos al destino.

Carlos García Moreno

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