sábado, septiembre 25, 2021
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La semilla de Cristo

Mi nombre es Fabio, tengo 18 años y soy del sur de España, Málaga. Acabé escribiendo estas líneas porque Él mismo me llevó a hacerlo. Al final de eso se trata, de seguir sus pasos en un terreno pedregoso.

Durante toda mi vida y desde que tengo uso de razón he caminado por el mismo sendero con Jesús. Hubo veces en las que se me hacía difícil verlo, quizás pensaba que me había soltado y me había abandonado para siempre y otras en las que le soltaba yo creyendo que era definitivamente la mejor opción. Para qué engañarnos, al final esa profunda e intrínseca relación no se podía disipar ya que, como fuere Él, siempre te agarraba con fuerza si no era yo el que me aferraba a su túnica blanca primero.

Llegaron los 13, 14 y finalmente los 15 cuando tuve la oportunidad de conocerle en persona. Fue a través del instituto en el que me he estado formando estos últimos 6 años, Santa Rosa de Lima, en el cual no me han podido enseñar mejor a identificarlo de una forma práctica, sencilla y pura.

Más tarde la diócesis organizaría como era costumbre cada año el campamento de verano en el que a través de actividades, experiencias y excelentes compañeros de otros colegios como el mío disfrutábamos del tiempo de oración, convivencia y reflexión del evangelio para adentrarnos en la asombrosa vida de Jesús.

Debía dejar mi pequeña semilla de fe junto a la de unos amigos cuyos humildes corazones ardían de pasión por llegar a Él. Ahí entendí que todo lo demás no importaba y que el amor sí existía de verdad. Fueron todas esas vivencias entre compañeros y monitores las que permitieron hacer que, de una forma u otra, todos supieran que un largo camino aún me quedaba por recorrer.

Jesús me enseñó que el arma más poderosa que le propició al ser humano fue el amor. ¡Y qué razón tenía! Podríamos incesablemente definirlo y describirlo, pero durante esa semana comprendí que amar es aceptar, dejar que la voluntad de Cristo se instale en ti y obre por sí sola provocando que esta se contagie en personas que están necesitadas de Él, completamente desorientadas.

Fue cuando antes de marcharme y como despedida de mi último año de campamento dejé escrita una carta a una de las monitoras para que la leyese delante de todos los que formábamos parte de esa gran familia.

En la carta traté de explicar brevemente lo que significaba para mí estar allí con todos ellos, chicos cristianos al fin y al cabo que nos reuníamos por una misma causa: Jesús. En el escrito hice hincapié en una de mis parábolas favoritas, la del grano de mostaza. Pretendí hacerles llegar esa ilusión, motivación y esperanza a sus corazones explicándoles que ese diminuto y aparentemente insignificante grano crecería.

Sin embargo, deberían hacerlo de forma única y siguiendo su propia voluntad y no la de otros, pues el grano no crecería igual de rápido y se convertiría en un árbol más, probablemente mucho más blando que el resto.

Por seguro, les dije, que ese pequeño grano les convertiría en las más altas y robustas hortalizas de toda la cosecha y que seguirían creciendo indefinidamente siempre que quisieran.

Esa pequeña semilla que nos concedió Jesús antaño haría que tarde o temprano sembrásemos otras muchas en distintos terrenos como resultan ser las personas y el propio mundo. Nuestra misión era seguir creciendo en fe de forma segura, sabia y constante de modo que pudiésemos seguir plantando y cosechando el Reino de los Cielos: “El Reino de los Cielos es semejante al grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es ciertamente la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas”. (Mt 13:31-33)

Aún en lo más profundo de las tinieblas que arropan a este mundo siempre existió un pequeño destello de luz que en la penumbra se hacía cada vez más fuerte, más brillante, más nítido. Él, que todo lo puede, concentra todo su poder en aquellos que brotarán y darán lugar a altos y robustos árboles llenos de la savia que es el amor y el Espíritu Santo conjugados en su máxima expresión.

Abrid los oídos y escuchad al mundo, a las personas y a vosotros mismos que seréis aquellos que protagonicen el verdadero cambio.

Amén de ello, seguid nutriendo vuestra semilla del amor de Cristo al igual que hago yo y dejad que ese amor inunde corazones de alegría, esperanza y fe.

Fabio R. Benavente Fernández.

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