Es común entrar a las redes sociales y encontrar publicaciones de prácticamente todo lo que hace una persona (en especial en verano): desde las vacaciones en una hermosa playa, hasta la bebida que en ese momento la persona está tomando, cosas tan insignificantes, o talvez muy relevantes, todo lo podemos encontrar ahí.

Y analizando esto, reflexionaba un poco en relación a nuestra intimidad: realmente ¿con que nos quedamos? ¿Qué cosas se quedan resguardadas solo en nuestra memoria? Sin la necesidad tal vez de una publicación o de enviarlo a algún grupo que tenemos.

No quiero que se malintérprete y pensar que compartir en nuestras redes es algo negativo, porque no es así, pero creo que necesitamos tener marcada y delimitada esta línea en la cual podemos conservar nuestra esencia, lo que es nuestro, lo que de verdad nos pertenece y que tal vez, es mejor dejarlo fuera de las redes, no porque no lo podamos compartir, sino porque es algo realmente muy nuestro.

Creo que nos hemos acostumbrado y hemos llegado a pensar que si algo no es compartido o publicado en las redes sociales, quiere decir que no se vive de la igual manera. No siempre hay necesidad de compartirlo todo en nuestras redes, o ante los demás, creo que lo que hace especial muchos momentos es guardarlos en la intimidad del corazón, y dejarlos que se queden ahí: resguardados, en el silencio y en la sencillez, en la alegría y agradecimiento de lo vivido, y cada vez, al voltear hacia atrás, experimentar de nuevo las emociones vividas aquel día, en aquella situación, ante aquellos momentos, donde la presencia de Dios se reflejaba y sigue habiendo destellos de esta presencia.

Con foto o sin foto, sin publicación o con ella, las experiencias y los momentos especiales quedan en nuestro corazón, y con ello, llegan a formar parte de nosotros.

Abraham Cañedo

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