LOS CURAS SIRVEN PARA SERVIR. Lo decía el padre a su hijo seminarista: como una escoba, hijo mío, como una escoba, siempre dispuesta a ser utilizada, pero sin esperar recompensa alguna; gastándose una vez y otra, pero sin esperar que la coloquen en una vitrina. San Josemaría Escrivá solía afirmar que los Sacerdotes son como una alfombra sirven para pone su corazón en el suelo para que los otros «pisen en blando». Los curas han aprendido bien las palabras del Maestro: «Yo no he venido a ser servido, sino a servir» (Me 10, 44). Un cura que no sirve, no sirve.

LOS CURAS SIRVEN PARA PERDONAR. Antes que teólogos y liturgistas -que también lo son – son testigos de la misericordia divina. En un mundo violento y dividido, ellos son portadores del diálogo y del perdón. Están siempre ahí, como casa de acogida. Abren sus puertas cada día para escuchar confidencias, para quitar cargas, para devolver la alegría y la esperanza.

LOS CURAS SIRVEN PARA ILUMINAR. Son portadores de la palabra de Dios, que tratan de explicar y de vivir. Cuando nos cegamos con los espejismos y seducciones del mundo, ellos nos recuerdan las Bienaventuranzas. Cuando nos movemos a ras de tierra, ellos nos señalan el cielo. Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, ellos nos descubren la presencia de Dios en todo.

SIRVEN PARA INTERCEDER. El sacerdote prolonga la mediación de Jesucristo. Por eso es llamado pontífice, constructor de puentes entre el cielo y la tierra. Habla a Dios de los hombres y habla a los hombres de Dios. Decía San Juan de Ávila: «Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios… Esto, padres, es ser sacerdotes: que amansen a Dios cuando estuviera, ¡ay!, enojado con su pueblo; que tengan experiencia de que Dios oye sus oraciones y tengan tanta familiaridad con El».

SIRVEN PARA AMAR. Reservan su corazón para amar del todo a todos. Quieren ser para todos, amigos, padres y hermanos. Un amor liberado y agrandado. Un amor gratuito y oblativo, como antorcha que se va gastando poco a poco.

SIRVEN PARA HACER PRESENTE A JESUCRISTO. Todo sacerdote está llamado a ser otro Cristo. El sacerdote está para repetir las palabras y los gestos de Jesús, para continuar sus pasos y desvelar su presencia, para prolongar y actualizar su amor generoso. Y esto a dos niveles: el sacramental y el de la vida.

SIRVEN PARA SER EL ALMA DEL MUNDO. En un mundo sin espíritu, ellos son el alma, la luz, la sal y el perfume…¡y mira que se está hablando del dichoso olor a oveja! Su perfume es a Cristo -como ya decía San Pablo- «Bonus odor Christi», buen olor a Cristo, mejor que a oveja, que huelan al Cordero. Sin el sacerdote todo sería un poco más feo y oscuro. «Sacerdote no es el que se limita a hacer cosas, sino a hacer santos». (G. Rovirosa). Es verdad que, en cierta medida, a todo cristiano se le puede aplicar cuanto llevamos dicho, pero el sacerdote tiene vivencias y urgencias especiales. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestra «inútil» luminosidad.

Mándanos, Señor, por intercesión de tu Madre Santa María, sacerdotes, esos hombres tan raros que sólo sirven para….¡servir!

Miguel José Cano

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