Como estamos en verano, y todo se relaja más y también hay muchos encuentros (por favor, ¡cuidaos!), me pregunto cómo hablo con Dios con personas que no creen y que saben –o no- que soy cristiano.

Por un lado, está claro que de vez en cuando aparece algún tema relacionado con la Iglesia. Siempre es una oportunidad, pero reconducir el asunto a Dios directamente es costoso, muy costoso. Además, vivimos con la sensación de tener que defender esa iglesia que aparece en periódicos, televisión, series y publicaciones, en lugar de mostrar la Comunidad de Fe que realmente es. Aquí viene la dificultad estrepitosa de que muchos cristianos viven muy aisladamente su pertenencia comunitaria, no tienen referentes, se viven parte de la gran Iglesia pero no es algo que se concrete demasiado en su día a día. Ni siquiera en la acción más social y solidaria.

Por otro lado, los encuentros personales son mucho más fructíferos, creo yo, que ciertas conversaciones abiertas, sobre todo si no se está muy formado en algunos temas o no se tiene mucha información y criterio. En el encuentro más directo, sencillo y cotidiano sí que se puede hablar de otro modo. Esto requiere, a decir verdad, que los cristianos seamos personas de confianza, que se nos vea como personas con cierta sabiduría, con cierta vida nutrida y alegre, que demos algo más que una imagen bonita y tengamos algo sólido en lo que apoyarnos. Si no, no se habla de la vida sino de teorías y técnicas, como puede hacer un anónimo sentado al otro lado de una mesa. Y eso no es hablar de Dios, no es comunicar a Dios, no es ni siquiera esperanzador en muchos casos. Pero la oportunidad existe, si es que somos personas abiertas y disponibles para escuchar a otros, sea lo que sea, sin juzgar y siempre esperanzados.

Está la otra cara del tema, del que se habla a regañadientes tantas veces, que es hablar de Dios sin citarle demasiado, es decir, con la vida corriente y cotidiana sin más. A esto se le llama “testimonio”. El cual, para ser tal, en realidad no se puede plantear como un objetivo en sí mismo. Salir a la calle a vivir “dando testimonio” es casi lo que no deberíamos recomendar a ningún cristiano, si es que alguien lo recomienda. Lo que sí podríamos hacer es cuidar nuestra vida ante Dios directamente, buscando lo mejor y en lo secreto, confiando en que su acción en nosotros diga algo a alguien. Si es que tiene que ser así. Que estoy seguro de que sí tendría que ser así. Pero no por cosas raras, sino por esa plenitud de humanidad en la que nos encontramos fácilmente con el resto de personas. Todos anhelamos una felicidad que desconocemos y todos nos reconocemos fácilmente en los fracasos a los que conducen no pocas propuestas infecundas. Ahí tendríamos que hacer un gran trabajo. Por nuestro propio bien, por nuestra propia fe. Y no descuidar nunca este aspecto. No ya por otros, sino por nosotros mismos.

Por último, invitar y tomar la iniciativa. Qué desearía que otros conocieran de Dios cuando conozco de verdad son mis prójimos. Qué desearía que recibieran de Dios, por qué veta de su vida se puede acrecentar “la gracia de la vida”, el consuelo, la alegría, la bondad, la mirada sobre sí mismos, la apertura a los demás, la colaboración, la participación. Esto es hacer un cierto ejercicio de discernimiento, por lo tanto también de oración y diálogo con Dios, sobre otras personas para que encuentren su lugar con el talento que tienen. ¿En qué puedo contribuir a los demás con mi vida cristiana, con mi fe, con mi palabra, con mi cercanía? Y tomar la iniciativa. Al salir a dar un paseo, al terminar un espectáculo, al comentar las noticias del día, al ayudar a tomar una decisión a alguien, al plantear un proyecto, al descansar y disfrutar días tranquilos, al acompañar a quien sufre, al estar sin más en el dolor ajeno, al movilizar la comunidad… y en tantos otros momentos.

Buscamos formas diferentes, creativas y no sé cuántas cosas más que creemos importantes, pero la Iglesia se pierde y desgasta -lo digo con cierto sufrimiento- en envoltorios, y quiere rodearlo todo de cosas bonitas y actuales, cuando muchas veces solo hace falta una cosa: acercarse, sentarse, disfrutar, ser paciente y apacientar. Algo que resumimos muy bien si tomamos unas palabras que sonarán muy familiares a todos, sean de esta tradición o de la otra, con este carisma o con el otro: poner amor. ¿Qué más hace falta? ¿Qué hace más falta? Es el resumen perfecto de toda la vida cristiana y de toda misión. ¿Y cómo se hace eso? ¡Poniendo amor!

José Fernando Juan (@josefer_juan)

Artículo anterior¿Amar o usar?
Artículo siguiente¿Te gustaría que tu novio/a llegara virgen al matrimonio?