Juan nos cuenta en el Evangelio la escena de María, nuestra Madre, al pie de la Cruz. Hagámosla nuestra, sumergiéndonos en dicha escena, como si estuviéramos ahí.

Durante la agonía mortal de Jesús, María estaba junto a la Cruz en contacto inmediato con Él. En aquellas horas en que pendía Jesús de la Cruz, rodeado de soldados que se burlaban, de espectadores que se mofaban, de fariseos que no disimulaban el triunfo, la Virgen tuvo un pensamiento: ¡Ya estaba allí la hora! ¡Por fin había pasado para siempre el tiempo de espera! Era la hora del cumplimiento. Con aquella alegría que las almas grandes pueden conservar en medio de cualquier dolor, exclamaba ella: «¡Dispuesto está mi corazón, oh Dios; mi corazón está dispuesto!». 

María, arrodillada y con lágrimas impregnadas en sus mejillas, también decía en su interior: «¡Hijo mío, compadécete de mí! No me añadas el dolor de verte apostatar de la fe. ¡Te pido, Hijo mío, que no te amedrentes delante de este verdugo, muéstrate digno de Dios y sufre la muerte, para que yo vuelva a encontrarte en Dios! 

Es una escena empadada de dolor, pero no de un dolor triste, sino con una alegría interior desbordante, acompañado de paz y serenidad. María nos lo transmite diciéndole al Señor: «Yo soy tu esclava, hágase en mí según tu palabra», y recordándole a su hijo crucificado: «Tenemos que guardar fidelidad a la voluntad de Dios». Esto sí que es Amor, una cruz pegada a la alegría y paz, al saber que aquello es la Voluntad del Señor. 

Con esto, Señor, me haces ver que la Cruz y la Alegría van de la mano y son los bastones de todo cristiano que busca encontrarse íntimamente contigo. Me pones a María como ejemplo puro de alegría interior ardiente a los pies de la cruz, y de una cruz potente: la muerte de su hijo, al que amamantó y cuidó en todo su paso por la Tierra.

María, me sorprende tu alegría en dicho momento. Pero en realidad me haces ver lo deslumbrante que es estar alegre cuando, a pesar de encontrarse con cruces del tamaño que sean, ves la mano de Dios detrás de ellas. Su voluntad es la que te da esa alegría interior, característica de todo cristiano, como consecuencia directa de la confianza en Él.

La realidad es que a veces, y muchas, te pierdo de vista, y no cuido ese trato mariano.

Si nuestra fe es débil, acudamos a María. 

Si nuestra alma se alborota, acudamos a María.

Si la preocupación nos invade, acudamos a María. 

Ser marian@ es la clave para nunca perder la conexión con Cristo, más bien dicho, es un atajo hacia Cristo.

Pero, ¿cómo puedo yo acudir a María? Porque no va a ser cuestión de caer por inercia en la oración vocal, y repetir avemarías como un loro parlante, sino acudir a María con sencillez, con naturalidad, con mirada de niño, mirándola con atención y su mirada te desulmbrará, te reconfortará. 

Marta Argelés

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