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Cuando vuelan los cuchillos

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Cuando vuelan los cuchillos
Foto: Carlos de Paz

Una de mis extravagancias consiste en intentar encestar los objetos más variados en sus recipientes… o en cualquier lugar que pueda acogerlos. Me gusta lanzar los lápices al cubilete, el cepillo de dientes a su vaso y los papeles a la papelera. En nuestra familia, cuando utilizamos servilletas de papel, no es raro que al terminar la comida se entable una competición: a ver quién consigue encestar su servilleta arrugada en forma de pelota en el vaso más lejano de la mesa, juego que a mi mujer no le acaba de convencer del todo.

He de decir que he adquirido bastante destreza (en tirar, que no en encestar). Una vez, tiré un cuchillo a la cesta del lavaplatos desde la imprudente distancia de un metro y medio y, claro, fallé, el cuchillo dio a una copa de borgoña y se hizo añicos. ¡Quién será el burro que pone una copa de vino al lado de la cesta de los cubiertos!, pensé.

Y, con esta expresión, incurrí en el último pensamiento automático que quiero comentar: las atribuciones negativas, porque, entre nosotros, lo lógico hubiera sido pensar quién es el idiota que lanza cuchillos a la cesta del lavaplatos a metro y medio de distancia.

El problema del matrimonio en el terreno de las atribuciones es que solo somos dos. Y, claro, si lo bueno nos lo solemos atribuir a nosotros mismos, que siempre actuamos de buena fe y con buena intención, solo queda una persona para cargar con lo negativo.

Dicen que las atribuciones son un buen termómetro del estado de salud de un matrimonio. Los matrimonios que están en buena forma suelen imputarse acciones e intenciones positivas del tipo: “¡qué rato más agradable!”, “¡qué cariñoso es!”, “no me extraña que se olvide, ¡con la cantidad de cosas que tiene en la cabeza!”, “es comprensible que llegue tarde, ¡seguro que le han preguntado mil cosas los niños antes de salir!”

Mientras que los matrimonios que van de capa caída tienden a atribuirse recíprocamente lo malo: “¡bueno, por fin ha encontrado tiempo para pensar en mí y estar un ratito conmigo!”, “¡vaya, hoy está cariñoso, seguro que algo quiere!”, “¡ya se ha vuelto a olvidar, mis cosas no le importan nada!, ¡ya está, otra vez llegamos tarde, con lo que sabe que me molesta!”

Esta tendencia es muy peligrosa, es como una carcoma que va minando la relación. Uno no se da cuenta y, a fuerza de arrojar sospechas y acusaciones sobre su pareja, acaba por distorsionar la imagen que tiene de ella. Con el tiempo, lo malo se agranda y lo bueno se achica. Hay que estar atento y darse cuenta de que también casi todo lo bueno que nos sucede es gracias a él o a ella: nuestros hijos, el hogar, la familia, la seguridad, la compañía, la pasión… Y es muy triste ver matrimonios que aprovechan cualquier ocasión para lanzarse indirectas.

Loles, mi mujer, me dio una vez un consejo que comparto con todos vosotros: hazte una lista de las virtudes de tu cónyuge. Por pequeña que sea, cuando la veas asomar, anótala. Poco a poco irás elaborando una larga lista… y aquel día en que se empeñe en ocultarlas todas y no seas capaz de descubrir ninguna, saca la lista, lee y ayúdale a vivirlas de nuevo: dulce, comprensiva, fuerte, constante, piadosa, humilde, alegre, respetuosa, delicada, atenta, exigente, íntegra, competente, madraza, transparente, confiable, entregada, guapa, atractiva, luchadora…

Otra solución es que te dejen el nieto de dos meses un día entero. Entonces ya tienes a quien hacer responsable de todo lo que te pasa…, eso si no tienes la tentación de intentar encestarlo en su cochecito desde dos metros de distancia cuando no para de llorar. El mío, gracias a Dios, se está portando muy bien. ¡Que no sufran sus padres!

¡Feliz domingo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Publicado en Familiarmente