Yo, el menor de todos los santos, he recibido la gracia de anunciar a los paganos la insondable riqueza de Cristo  y de hacer brillar a los ojos de todos la dispensación del misterio que estaba oculto desde siempre en Dios, el creador de todas las cosas, para que los Principados y las Potestades celestiales conozcan la infinita variedad de la sabiduría de Dios por medio de la Iglesia. Este es el designio que Dios concibió desde toda la eternidad en Cristo Jesús, nuestro Señor, por quien nos atrevemos a acercarnos a Dios con toda confianza, mediante la fe en él. Les pido, por lo tanto, que no se desanimen a causa de las tribulaciones que padezco por ustedes: ¡ellas son su gloria!

San Pablo junto a San Pedro (festividad que celebramos hace 3 días) es uno de los grandes apóstoles. No voy a entrar en valoración de “si el mejor” o “el más (tal cosa)” como dicen muchos, los apóstoles son apóstoles y todos tienen el mismo mérito y el mismo valor a ojos de Dios que es lo realmente importante. En este escrito a la comunidad de Éfeso, habla de que sufre tribulaciones en nombre de Cristo y para el beneficio de los efesios. Más no se abruma ni abate por ello, todo lo contrario, las acepta con gusto y para gloria de Dios.

Esta actitud queridos amigos creo que es encomiable. En muchas ocasiones, en una gran parte de la vida nos toca sufrir. No porque Dios nos mande males o orqueste determinadas tragedias, Dios es amor y como tal no quiere ver padecer a ninguno de sus hijos. Pero al igual que es amor, es sabiduría infinita y como tal sabe que el sufrimiento es necesario para determinados fines: hacernos humildes, hacernos fuertes, valorar más lo que tenemos, etc…

Es clara la diferencia si se toma en consideración los sufrimientos de una persona que tiene fe a la que no tiene. La persona con fe acepta el sufrimiento, a veces cuesta más y otras cuesta menos, pero lo acepta y sabe que es por una finalidad. No es en vano, no cae en saco roto y por supuesto no es infinito. Todo sirve a un propósito. Y es ahí donde entra la tarea de confiar en Dios. A veces es difícil también, más aún cuando hablamos con Él y parece que está ausente. Nada más lejos de la realidad: “recordemos que el maestro siempre está en silencio durante el examen”. Dios escucha todo, y es consciente del sufrimiento. Pero con lo mismo nos llena y colma con su amor, su fuerza para seguir adelante una vez más. A buen seguro, con Él no habrá sufrimiento que no se pueda soportar.

Carlos G.M.

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