martes, julio 27, 2021
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¿Cómo vivo la fe? Testimonio de Lola Sánchez-Dalp

Varios días atrás una de las tres personas que califico como ‘ángel terrenal’ me volvió a abrir los ojos con un pequeño fragmento que me reenvió de su director espiritual. Me recordaba uno de los fragmentos más sonados del Evangelio: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. Y pasa como cuando crees que la vacuna empieza a hacer efecto contra el COVID-19, que te relajas un poco. Y entonces alguien importante para ti da positivo por coronavirus: Un pequeño toque en el hombro que recibes a través de otra persona para recordarte que sigue ahí.

Pues lo mismo pasa con Dios; nos olvidamos de rezarle un día y algo o alguien te recuerda que sigue ahí para ti. Ciertamente no sabía –ni sé– cómo hacer frente a la propuesta de escribir mi testimonio de fe para quienes me estáis leyendo. Pero otra vez Él me lo pone en bandeja: abro la aplicación de ‘Mi Taco Calendario’ y leo “Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas”; y me doy cuenta, otra vez, de que no hace falta tener un papel reconocido ni ser alguien para llevarle a cualquier sitio. Y caigo así en la cuenta de la sencillez –y complejidad– de la fe.

Sencillez y complejidad: antónimos. Así como el esfuerzo y la recompensa van de la mano, la sencillez y la complejidad –en este caso– también. Igual que hacemos deporte y ejercitamos nuestros músculos, también tenemos que ejercitar lo que llamo el ‘músculo de la fe’ ¿Cómo? Lo primero, pidiéndoselo. Igual que le pides a un profesional una tabla para hacer deporte, pídele a Él también que te ayude a entrenarla. Verbalízalo: si hay algo que pida todos los días, después de dar gracias, es que me aumente la fe.

La fe es sencilla porque no requiere de grandes obras; no requiere de grandes momentos; no te exige ser alguien reconocido ni ser reconocida por alguien; no requiere tener más o menos dinero ni tener un título. La fe requiere de ti y tu personalidad para hacer, a través de tus acciones –que te definen–, Su voluntad. A tu forma. Pero sobre todo la fe requiere ser practicada. Requiere del día a día como lo requiere tu novio o novia, marido o mujer.

Antes decía que la fe no requiere ser reconocida por nadie. Cuando hacemos algo bueno siempre tenemos la tentación de ser recompensados por personas importantes para nosotros, ya sea con un halago o con un ‘qué orgulloso estoy de ti’. Y eso está muy bien. Pero cuando caemos en esa constante búsqueda de la recompensa por parte del ‘otro’ y no en la de Él, vivimos intranquilos por el ‘qué dirán’. Por eso la fe es compleja; porque la mayoría de las veces no eres consciente, ni la sientes, ni nadie te recompensa, ni nadie te da las gracias por ayudar a un necesitado o a una amiga tuya con algo que se le hace cuesta arriba. En definitiva, porque es intangible y abstracta. Pero cuando sientes que obras y que has hecho bien es cuando de verdad te sientes recompensado. Esa satisfacción interior es Su recompensa. Y ni es tangible ni se puede ver a simple vista. Y qué complejo.

Pero así es Dios con todo: un tira y afloja constante. Siempre estará en ti decidir si, a pesar de no sentirle muchas veces o de no verle, quieres seguir haciendo Su camino y practicando tu fe. Jamás entenderemos los planes de Dios, porque si llegamos a entenderlos entonces no son Suyos. Ya Madre Teresa lo decía: “Soy tan pequeña, tan vacía, tan nada, que me pregunto por qué Dios me ha elegido”. Pero es en tu debilidad o en tu fortaleza –en este caso en la pequeñez de Madre Teresa– donde Dios se personifica –te hace instrumento– y actúa.

Así me atrevo a decir que la fe requiere de ti para ser con el otro. En mi caso soy consciente cuando busco y anhelo que el resto llegue a sentirla –y a sentirle– como yo lo hago; cuando me preocupo por el otro; cuando me encuentro con algún fragmento que sé que le puede venir bien a cierta persona o cuando tropiezo con una meditación en una publicación que puede ayudar a alguien en concreto.

Por eso requiere ser practicada. Los pequeños gestos del día a día –sencillez– y tus ganas de seguirle –complejidad– forman la fe. Recuerda que es Él, a través de ti, quien actúa y te hace instrumento. Solo así podrás tocar los corazones que Él quiera tocar y ser luz para el resto.

Lola Sánchez-Dalp

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