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El regalo escondido de Dios

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El regalo escondido de Dios

Todo comenzó en abril de 2018. Yo ya llevaba un par de años en la península de Yucatán como presbítero del equipo itinerante que tiene encomendada la Nueva Evangelización de aquella zona, según la modalidad del Camino Neocatecumenal. Regresé en esas fechas para poder vivir la Pascua con mi Comunidad y Parroquia. Fue la última que viví hasta la de este 2021, que fue un auténtico memorial, y cuya luz me impulsa a escribir esta experiencia.

Estando apoyando a una parroquia, me llama una hermanita, con la que también hay una historia digna de relatarse, pues la conocí casi al principio de mi ministerio presbiteral, para pedirme que fuera a hablar con Karin, que estaba enferma y deshauciada.

Me preguntó si la recordaba, y la verdad es que no, así que fui a un pequeño hospital ubicado en la zona de Mixcoac, muy cerca de mi Alma Mater (la Universidad Panamericana). Intentaré ser fiel a los hechos:

Al ingresar a la habitación, la veo a ella, recostada de costado y hecha ovillo, y a su lado una tía materna. Me presento, y después de un breve diálogo con la tía, me deja solo con Karin, y mientras la miraba profundamente a los ojos, comienzo diciendo:

– ¿Qué es lo que te hace sufrir?, pregunto yo.
– La enfermedad, responde ella.
– ¡No es el cáncer! Es algo más profundo, ¿qué es lo que te duele en lo
profundo?
– “Que no me quiero morir”. Dijo esto mientras rodaba una lágrima por su
mejilla.

– ¡Lotería, bingo, le pegaste al gordo! Exactamente, ¡eso es lo que te hace
sufrir!, ¿y sabes por qué le tienes miedo a la muerte?
– No.

Y con mi característica “sutileza”, le espeto: – ¡tienes miedo a la muerte, porque
has pecado!
– ¡No he pecado!
– Mami, ¡claro que has pecado!
(Es que en ocasiones, el Señor me permite ver pecados escondidos, y en ese
momento veía con absoluta claridad un pecado muy grave)
– ¡De verdad no he pecado!
– Hermanita: ¡tú has blasfemado! No me digas que no, ¡lo estoy viendo, carambas!
– No, claro que no…

Dios envió a su ángel, que me iluminó, de manera que le propuse lo
siguiente:

– Mira, cuando hace unos meses el doctor te dijo: “señorita, le tengo malas noticias: le hemos detectado un cáncer muy agresivo, muy extendido, que no puede ser tratado; le damos entre 3 y 6 meses de vida”, ¿qué salió de tu corazón en ese momento?
– ¡Maldije la vida!
– ¡Muy bien, excelente! ¿Y quién te dio la vida?
– Dios.
– Entonces, ¿a quién maldijiste? ¿Eres o no eres una blasfema?
– ¡Ay, sí soy blasfema!
– ¡Fantástico! Ahora que ves tu pecado, te puedo anunciar una buena noticia: ¡Cristo resucitado te perdona ese y todos los pecados que hayas cometido! (es que estábamos en pleno tiempo Pascual).

Su rostro se iluminó y me preguntó con una voz temblorosa:

– ¿Me puedes confesar?
– ¡Claro, para algo soy cura!

Obviamente no puedo manifestar nada de lo que sucedió inmediatamente después. Solo puedo decir que ha sido una de las confesiones más bellas que he escuchado, ¡y duró menos de 5 minutos!

Seguimos charlando y en cierto momento me reveló que, una de las cosas que más le angustiaban era cuando le faltaba el oxígeno: la frustración de respirar y no oxigenar, esa sensación de ahogo le generaba una profunda angustia.

Yo tenía relativamente fresco el Anuncio de Pascua que habíamos recibido, en el que se nos comunicaban algunos de los detalles de la Pasión del Señor; como justamente la tortura estaba en esa cruz, que provocaba la asfixia de los ajusticiados.

Así, le dije:

– Mira qué maravilla, el Señor Jesús te concede en tu cama de hospital participar de la misma angustia que Él vivió en la Cruz (saco el crucifijo que llevo en el bolsillo y se lo muestro). ¿Y qué hacía Cristo en la Cruz, en esta Cruz? ¡Redimiendo la humanidad descompuesta por el pecado, haciendo una nueva creación! Por tanto, por la fe, uniendo tus sufrimientos a los de Cristo crucificado… hermana mía: ¡se te ha dado un cheque en blanco! Ofreces tus sufrimientos por todos: los matrimonios, tu familia, los curas maltrechos como yo, los delincuentes, las mujeres que quieren abortar… ¡por todos!
Porque la cruz no fue el término de Cristo, sino la puerta de entrada para lo que hoy podemos vivir gratuitamente: ¡la vida eterna! Porque Él ha resucitado verdaderamente.

Fue increíble cómo le cambió el semblante, es como si una desbordante alegría la hubiese invadido. Noté que tenía un teléfono celular, y entonces le pregunté si me podía dar su número, porque le quería enviar mi profesión de Fe, que tenía poco tiempo de haber sido proclamada. Ella gustosamente lo aceptó e intercambiamos números, así que le di la bendición, le dije que Dios la amaba ciertamente, y me retiré.

Cuando iba ya saliendo con el auto, de repente me visita un pensamiento: “eres un idiota, tacaño. ¿Por qué no le dejaste tu crucifijo? ¡Ella lo necesita más que tú ahora!”, pero ya no podía regresar, pues tenía que estar de regreso en la Parroquia. Ya desde la parroquia le envié tres mensajes: un texto explicando un poco, una foto y el archivo de audio con la grabación que me hicieron de mi profesión de fe. Este fue el inicio de lo que he repetido ya cientos de veces.

Dos días después, el jueves temprano por la mañana recibo un mensaje de Karin, informándome que la trasladaban del hospital en el que se encontraba al Oncológico, a la zona de urgencias. Ese día yo tenía un montón de actividades, así que me pude desafanar pasadas las 10pm. En ese momento pensé que tenía que ir inmediatamente al Oncológico para darle mi crucifijo. Así que cogí el coche y me dirigí a la zona de hospitales. Intentaba marcar al teléfono, para saber dónde estaba, pero ya no me contestaba.

De una manera inexplicable, después de deambular un rato, me dieron la entrada al edificio en el que ella se encontraba. Cuando llego al cubículo y desde fuera de la cortina pido permiso para pasar, entro, y veo como se ilumina el rostro de esta hermanita.

Le pedí perdón, por ser un tacaño y un estúpido. Ella me dijo que yo no lo era. Yo le dije que sí, y entonces le mostré de nuevo el crucifijo que tenía (dorado, muy bonito) y le dije: “este te lo tenía que haber dejado a ti, porque te hace y te hará mucho más falta que a mi, porque cuando llegue el momento decisivo, vendrá de nuevo el Demonio a preguntarte: ‘¿Dónde está tu Dios?’ Y tú le podrás decir: ‘Mi Dios está aquí, en la Cruz, sufriendo conmigo”, y verás como el Señor te sostendrá en tu lucha y en medio del sufrimiento estarás en paz.

Después le pedí si nos podíamos hacer un selfie, y ella me preguntó si se podía poner la peluca. Yo le dije ásperamente que de ninguna manera, que la quería recordar como la conocí, así que nos hicimos una foto.

Le pregunté qué es lo que más le había marcado de la profesión de fe, y ella me dijo que la escuchó repetidamente decenas de veces, y que estaba impresionada por la mujer invadida de cáncer que en medio de sufrimientos terribles estaba en paz. Esa mujer es la madre de mi catequista, Toña Mondragón viuda de Leyva, que me mostró con su vida lo que es la fe en la resurrección de la carne y la vida eterna. Que esa experiencia le había ayudado mucho, y que ahora tenía una paz impresionante.

Tuvo un detalle conmigo que me marcó profundamente. Me pidió que me quitara de donde estaba (pensé que la estaba apachurrando o algo).

Simplemente quería tener más espacio para poder incorporarse, y entonces me
preguntó si me podía dar un abrazo.

¡Madre de mi vida! Esta mujer tiene pocas energías, y las desperdicia para abrazar a este puerquito. Es algo a lo que todavía no lo puedo asumir… ¡es como si Dios mismo me estuviera abrazando! Fue una experiencia abrumadora, en verdad.

Conversamos algunos minutos, al final, le di la bendición y me despedí de ella.

El lunes temprano por la mañana me llega primero un mensaje: “Karin ha pasado al Padre”. No puedo mentir: me invadió primero una gran tristeza, por no poder ver ni hablar más con esta dulce hermanita, pero inmediatamente me entró un gozo increíble por ella, decía en mi interior: “ésta desdichada está feliz feliz, gozando de la presencia de Dios en el Cielo, ¡qué envidia me da!”. Y sentí un gozo inmenso por su entrada triunfante al Reino Celestial.
Me pidieron que celebrara la Misa de cuerpo presente. No podía resistirme a tal petición. Ahí conocí a toda su familia, y su madre se me acercó y me preguntó si yo había sido el último cura que habló con su hija. Yo dije que sí.

Replicó que cuando la fue a ver, era otra, que tenía una paz increíble, y más aún, que ella misma estaba cuando Karin expiró, y que lo hizo en santa paz. Yo quedé profundamente admirado y agradecido por la obra que Dios hizo por mi medio con esta joven mujer.

Sinceramente, no se cómo concluir este escrito. He puesto lo que ha salido de mi corazón. Espero que quien lo lea tenga la esperanza de que Dios puede obrar maravillas a través de uno, como lo hizo a través mío.

Reza por mi, que soy un pecador.

Juan Manuel Castañón Rodríguez, Pbro.
Junio 2021.