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Testimonio de Antonio Bohórquez SJ a punto de ser ordenado sacerdote

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Testimonio de Antonio Bohórquez SJ a punto de ser ordenado sacerdote

A punto de ser ordenado sacerdote solo puedo mirar atrás y “pedir conocimiento interno de tanto bien recibido para que enteramente reconociendo pueda en todo amar y servir” (EE.EE 233).

Solo seré capaz de darme por entero si reconozco que todo me lo ha dado Dios. Aunque a veces parece que siempre he sido jesuita, esta historia tuvo un comienzo. De eso hace ya más de catorce años.

Antes de continuar me presento: soy Antonio Bohórquez, jesuita sevillano. Este año cumpliré 34 y soy el menor de tres hermanos. La historia de mi vocación a la Compañía de Jesús no es nada espectacular. Es más bien una de esas historias en las que la novedad de Dios irrumpe suavemente, en lo cotidiano, poco a poco…

Cuando tenía 16 años, Pilar, mi hermana mayor, me propuso participar en unas convivencias que los jesuitas organizan en Javier. Fueron seis días en los que conocí a dos gigantes: San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola. También descubrí una manera nueva de vivir la fe y, lo más importante, allí tuve mi primer encuentro personal con Dios – mediado por el Cristo de la Sonrisa. Algo se quedó en Javier y algo nuevo comenzó en aquel castillo. Era el año 2003.

Después de aquello comencé a participar en las actividades pastorales del Colegio Portaceli y el Centro Arrupe de Sevilla. A ese primer encuentro personal con Jesús, nacido en el sustrato de una familia católica y de unos padres que nos transmitieron y nos siguen transmitiendo muchos valores cristianos, se iba sumando la experiencia de la amistad vivida desde la fe, amigos de diferentes lugares de España que hoy día siguen siendo un apoyo importante. El tiempo iba transcurriendo, me metía en mil actividades, y vivía lo propio de un joven de esa edad. Comencé a estudiar Derecho en Sevilla y, tres años después de aquellas convivencias, y habiéndome planteado la vocación a la Compañía de Jesús (empecé un acompañamiento espiritual con un jesuita), volví a Javier. Aquella vez peregrinando desde Roncesvalles. Al llegar de nuevo al Castillo y mirar otra vez al Cristo, comprendí que durante todo ese tiempo Jesús me había estado sonriendo y atrayéndome de una manera misteriosa. Poco más de un año más tarde, el 20 de septiembre de 2007, comencé mi vida como jesuita entrando en el Noviciado San Francisco Javier en San Sebastián (hoy día se encuentra en Bilbao).

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Mirando atrás uno reconoce “cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas sobre la haz de la tierra” (EE.EE 236). Desde aquel 20 de septiembre tengo la certeza de que los jóvenes (hoy ya no tanto) jesuitas caminamos aupados “a hombros de gigantes”. No solo el grupo de los primeros compañeros, sino una multitud de hombres, unos conocidos y otros anónimos, nos hacen participes de una tradición jesuítica que tanto ha trabajado, desde lugares muy diferentes, por la Iglesia y por el mundo.

Para participar de esta tradición vivimos un largo camino de formación. Después de dos años de noviciado y los primeros votos, estudié dos cursos de Filosofía en Salamanca. Allí fui voluntario de Cáritas en la prisión. Eso tuvo una repercusión, para mi entonces lejano sacerdocio, más grande de lo que en ese momento pensaba. En 2011 caí en Madrid para terminar el Grado en Derecho. Tras un año en Bruselas trabajando en el Servicio Jesuita Refugiados – Europa, completé la etapa que llamamos de magisterio en el Colegio San José de Villafranca de los Barros (Badajoz). En 2017 volví de nuevo a Madrid para estudiar Teología.

Si miro atrás y me pregunto cómo descubrí la vocación, quizá tenga que reconocer que fue ella quien me fue descubriendo a mí. Al conocer a los jesuitas y la manera en que vivían, rezaban y celebraban, algo (en realidad Alguien) me iba diciendo que ese podía ser también mi modo de estar en el mundo. En todo esto es fundamental la vida de oración, no como una obligación impuesta desde fuera (aunque hay veces que hay que obligarse), sino como la oportunidad de estar con Dios, de conocer más profundamente a Jesús. Nuestra oración externamente es muy sencilla y quizá por eso también exigente. Aunque la Compañía cuida la vocación a través de los superiores, uno es responsable de ser fiel a la oración, a la dirección espiritual, a vivir la consagración en serio, a ir discerniendo las llamadas de Dios que serán confirmadas o no por la obediencia.

No estamos en un mundo que parezca valorar esta opción de vida. Sin embargo, muchos tienen sed de Dios. A veces lo expresan claramente y otras lo balbucean como pueden. De mi fe podría decir que cada vez es más austera y más firme, uno no puede dudar de lo que “ha visto y oído”, aunque no hay que bajar la guardia porque el mal espíritu siempre acecha. Me vivo como parte de una tradición mayor y eso, aunque conlleva mucha responsabilidad, me da también mucha tranquilidad. ¿El futuro? Si solo es la mitad de apasionante que lo que llevo vivido, habrá merecido la pena.

Antonio Francisco Bohórquez SJ