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El ombligo del mundo

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El ombligo del mundo

Antes solía ir en moto por Barcelona. Tuve un accidente un poco aparatoso cuya única causa fue mi despiste y tendencia a correr y decidí cambiar la moto por la bici, una forma de desplazarse mucho más jovial y distendida.

No sé la razón, pero en moto iba más tenso. Entre motoristas y taxistas, por ejemplo, suele darse una relación problemática. Recuerdo una vez en que intenté adelantar a un taxista subiendo por la calle Iradier, una buena cuesta más bien estrecha en la que, cuando se podía aparcar en ambos lados de la calzada, cabían a duras penas un coche y una moto. Cuando me disponía a pasarlo por la izquierda, el taxista hizo una fea maniobra para impedirme el paso que casi da con mis huesos en el duro asfalto.

Me enfadé mucho y le regalé el típico impertinente y agudo bocinazo de scooter casi al mismo tiempo que observé, a la derecha, un viejecito con la puerta de su coche abierta, saliendo sin mirar. Comprendí que el taxista se había visto obligado a dar el volantazo a la izquierda para impedir llevarse por delante al anciano…, e hice al taxista un gesto de disculpa con la mano.

Sí, sigo con las deformaciones de la mente. Esta se llama personalización y consiste en la tendencia a pensar que las acciones de los demás siempre están dirigidas hacia nosotros. Lo que en franco castellano se llama creerse el ombligo del mundo.

A los hombres nos sucede mucho en la conducción. Muchos conductores están convencidos de que los demás conducen siempre en función de ellos: si aceleran, es porque no quieren que les adelanten; si se cambian de carril, es para impedirles el paso; si les adelantan, es para demostrar que su coche corre más, etc.

Todos estamos sujetos a esta insidiosa deformación que nos coloca en el centro de gravedad de todo lo que sucede y amenaza con transformar nuestra vida en una lucha permanente contra el resto del mundo.

En el matrimonio es un peligro constante: si llega tarde, es para demostrar que trabaja mucho; si llega pronto, es para demostrar que se dedica más a los niños que yo; si hace la cama, es para dejarme en evidencia; si no la hace, para recordarme que está por hacer; si llama, quiere controlarme; si no llama, es que no le importo. Convivir en este estado permanente de autocontemplación es agotador para nosotros e insoportable para nuestro cónyuge.

La cosa se complica cuando esta deformación cognitiva desvirtúa y saca de contexto los juicios de valor que hace nuestro cónyuge respecto de terceros, porque, si cada vez que dice de otra persona que es guapa o encantadora o le dedica cualquier otro elogio, nosotros interpretamos que es una indirecta y lo que en realidad quiere decir es que nosotros no lo somos tanto, entonces la convivencia matrimonial se torna agria y difícil.

No, cuando tu mujer o tu marido dice de otra persona que es encantadora, no está diciendo que tú no lo seas. La cosa es más sencilla: aunque te sorprenda, está opinando solo de otra persona, o sea, no está pensando en ti en ese momento, por lo que en sus palabras no hay intención de comparar. Es tu mente la que lo hace.

Es aconsejable revisar nuestra susceptibilidad en este aspecto y aprender a olvidarnos un poco de nosotros mismos. ¿Cómo? Humildad y sencillez. La mejor manera de olvidar algo es sustituirlo por otra cosa. Y, para olvidarse de uno mismo, lo mejor es pensar en los demás. Vamos, lo de siempre, sin novedad en el frente.

Javier Vidal Quadras Trias de Bes

Publicado en Familiarmente