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Y Dios descansó

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Y Dios descansó

Descansar es un mandamiento, un imperativo que nos acerca a Dios. No cualquier cosa. No es por el calor, el descanso tiene sus raíces ancladas en la religión y el encuentro con la fuente de la Vida.

Todavía conservamos la expresión “recreo”, como ese tiempo de libertad que nos pone a disfrutar de la creación, después del trabajo. Y me gustaría recordar con estas breves líneas, que no se trata tanto de parar, como de continuar y hacer historia. En dos sentidos: por un lado, el hecho de detenernos nos permite revisar y sería bueno que encontrásemos huecos para ello, como ocurre en el descanso nocturno en el que casi inevitablemente se agolpan las vivencias del día y se hace naturalmente una especie de “repaso”, para que vaya quedando poso y para seguir aprendiendo; por otro, no menos importante y algunas veces muy olvidado, para volver con más fuerza, con más visión, con más horizonte y con más futuro, es decir, un descanso que nos ofrezca igualmente la posibilidad de mejorar y acrecentarnos.

Entiendo que, de otro modo, no se trata de recreo, en el extraordinario sentido que se le atribuye en la religión. Puede caer en una forma de desprecio a nuestra vida corriente, una huida, una escapada, una distracción. Y no creo que sea común esta forma de vivir. Ahogarse durante un tiempo en el trabajo y las tareas, para luego respirar en otros ambientes. Pero después, volver a ahogarse, vaciarse, romper con el sentido y seguir quebrando la existencia. Para muchos, no pocos, será así año tras año. En un juego inconfesado en el que la vida es una broma macabra que hace aguadillas continuas, sin saber bien cómo va a terminar el asunto. Asfixiante. Sin más posibilidad que estas pequeñas lagunas que nos recuerdan, pero no con demasiada fuerza, a decir verdad, que lo propio de la persona es vivir.

Además, también está otra forma de vivir el verano que es la famosa desconexión. Qué enfermos debemos estar, pienso yo, para que hayamos normalizado este lenguaje tan despreciativo. Lo que reconocemos al decirlo es que nuestro día a día, nuestra jornada y tiempo común, el más grande y comprometido, poco a nada tiene que ver con nosotros. Veo a muchas personas vagando tristemente de un enchufe a otro, conectando aquí para desconectar allá, cargando pilas aquí para descargarlas en otro lado. Como si existiera una dualidad de vidas en una misma existencia, con un rostro triste y mermándose, con otro aspirando a algo más, sin confesarlo.

Sin embargo, lo que me parece fundamental es también que, aún en el caso de que nuestra vida fuera estupenda y nos encantase lo que hacemos cada día, el mandamiento seguiría ahí. El imperativo del descanso permanecería. Porque es propio de las personas. Porque es una Palabra de Dios para asemejarnos a Él y traernos a la Vida. Un descanso recreativo. Donde descubrir lo importante e imperecedero. Donde atisbar lo que va a venir y poder prepararse. Donde no moverse demasiado del entorno más cercano y estar en familia y con Dios. Donde comprobar que el mundo continúa, que no somos nosotros quienes lo sostenemos. Donde vernos ansiados por una herida que nos pide más Vida y no más de nada más que no sea Vida. Y así… Un descanso a la altura de Dios, que sea divinizador, vitalizante. Porque el Dios que nos llamó a la vida también nos manda que, en ella, nos detengamos. Y no poco, a decir verdad. Un descanso constante, un descanso nutrido, un descanso recurrente.

Así es Dios. Y Dios, que es amor, ama a sus hijos cuando descansan o están de viaje.

José Fernando Juan / @josefer_juan