domingo, junio 20, 2021
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Malawi Mission

Dicen los grandes santos que la vocación es aquel modo de vida que más fácil nos hará llegar al cielo. Es decir, si somos fieles a la vocación que Dios pensó para nosotros nos será mucho más fácil alcanzar la vida eterna, que si estamos buscándola por nuestros medios y siguiendo solo nuestros caprichos. Desde joven supe que Dios me llamaba a algo en particular, un poco distinto a lo que el mundo propone, pero me llevó bastantes años el descubrirlo. Muchos anhelos en el fondo de mi corazón estaban esperando cumplirse. A su vez, los talentos que Dios sopla en cada alma son específicos para lleve adelante la vocación. Todos los tenemos, y Dios piensa cada uno de ellos en detalle.

La misión nunca me había llamado la atención de forma extraordinaria, más que lo normal cuando uno oye hablar de ella. No obstante, Dios puso en mi corazón un deseo muy fuerte relacionado a distintos países el mundo en general, a las banderas, los idiomas, e incluso a vivir fuera de mi país. Finalmente, he descubierto que Dios me llamaba a misionar a aquellos lugares donde el Evangelio nunca llegó, dónde la Iglesia Católica no existe, esto es la misión ad gentes. Pese a la sorpresa, como los planes de Dios siempre son perfectos, mi corazón, al principio un tanto sorprendido, encontró total paz e ilusión por contestar este llamado de Dios. Me recibí de abogado en febrero de 2021 en mi país, Argentina, y luego de eso decidí embarcarme en la misión, y así además discernir mi vocación al sacerdocio.

Partí desde Argentina hacia Malawi, país situado en el África Oriental, para encontrarme junto con otros jóvenes en la misma sintonía, y con un sacerdote que nos esperaba. Llevo menos de un mes en la misión, y como siempre, Dios supera todo tipo de expectativa. Estar en la misión ad gentes es tener el corazón lleno de esa alegría que sólo Dios puede dar. Ciertamente, los sacrificios y renuncias son bastantes, sin embargo Dios se encarga de dar pequeñas caricias al alma en los momentos adecuados para que uno continúe adelante, sabiendo que todo vale la pena. Hay muchísimas almas que todavía no conocen a Cristo, y hay que esforzarse para que efectivamente puedan conocerlo.

En la misión cada día es distinto, ninguno es igual a otro, y hay mucho trabajo para hacer. El Obispo de Karonga nos encomendó la evangelización de 31 aldeas donde la Iglesia nunca llegó, y allí vamos confiando en Dios. Ya hemos estado en una de las primeras aldeas, y luego de varias visitas y expediciones misioneras, hemos anotado 155 personas que quieren recibir los sacramentos, comenzando por el Bautismo.

Por otro lado, ayer fuimos a visitar a un joven enfermo que estaba en peligro de muerte, a la ciudad de Chitipa, a casi tres horas de nuestra base, Chisenga. . Éramos casi 25 personas en la caja de una camioneta, que es el modo usual de viajar aquí. El sacerdote, otro misionero y yo, y familiares y amigos nativos. Fuimos cantando canciones en citumbuka y rezando el Rosario. Al llegar, nos llamó la precariedad del hospital, no hemos visto ni un solo médico o enfermera, más que solo la habitación donde yacían todos los enfermos. Pudimos administrarle los sacramentos, y la familia quedó muy agradecida. Volvimos de noche a nuestra base, y aunque estábamos viajando de una forma muy incómoda, con frío, y demás cuestiones, Dios llena el corazón de gozo por estar haciendo estas cosas.

La misión es única, y día a día Dios sorprende. Es muy difícil seguir un horario, porque surgen imprevistos todo el tiempo, pero Dios provee. No hay dudas de que todo vale la pena, y de que Dios sabe como colmar cada corazón humano, porque fuimos creados para estar con Él. Por eso, hacer que la gente que no lo conoce lo conozca, es nuestro mayor anhelo. En una cultura que no conocemos, en un idioma que todavía estamos aprendiendo, en condiciones que no siempre son las mejores, pero así y todo, Dios siempre proveé.

Jeremías Villalba, misionero ad gentes en Malawi, África Oriental.

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