Cristo nos liberó para ser libres. Manténganse, pues, firmes y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud.

Queridos amigos, podréis pensar que la catequesis de hoy es muy breve, que el texto escogido es simple. Más todo lo contrario, presenta una profundidad infinita, prácticamente como toda la Escritura.

En todos los pasajes es muy frecuente encontrar el tema de la libertad. Lucas 4:16 muestra cuando Jesús entró en la sinagoga y leyendo el libro de Isaías anunció que Él había venido (entre otras cosas) a “poner en libertad al oprimido y a sacar al cautivo de la cárcel”.

Esto evidentemente no tiene un tenor literal, Jesucristo se refirió aquí al que estaba preso por el pecado, el dolor, la culpa y la carga. Y al que estaba oprimido por el mal, y no le hacía libre. Cristo se convierte pues en el liberador de todos los hombres, por muestra gratuita de amor, nos libera. Libera de todo, de la opresión, del yugo, de la esclavitud y del peso del pecado.

Dios hace en un primer momento al hombre libre. Lo ama, y en base a ese amor, le hace libre para que el hombre elija libremente (valga la redundancia) si corresponder ese amor divino o escoger otro camino. No tendría sentido que Dios amase a los hombres y les obligase a permanecer con Él; y tampoco se podría decir que lo hubiese hecho libre.

Cuando el hombre haciendo uso de su libertad, elige no amar a Dios, elige ir por otro sendero que no conduce a la felicidad, es cuando Cristo en su misericordia lo libera. Si el hombre se muestra arrepentido y como el hijo pródigo regresa a casa, Cristo lo libera de todo lo que le oprimía.

Por esta razón queridos amigos, es vital una vez haya sucedido esto no volver atrás. La naturaleza del hombre siempre será débil, y será sencillo caer una y otra vez en lo mismo; pero no debemos preocuparnos, Cristo ya nos liberó y por más que tropecemos el pecado no tiene poder alguno.

Sin más, espero que libres, seáis felices con la vida que Dios nos regaló.

Carlos G.M.

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