Este mes se conmemora el martirio de los apóstoles Simón Pedro y Pablo de Tarso, quienes dieron un gran testimonio y a quienes se les considera las dos columnas de la fe cristiana. Dieron su vida por Jesús y gracias a ellos el cristianismo se extendió por todo el mundo.

Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: aceptó con humildad su misión hasta ser mártir.

Pablo, el perseguidor de cristianos convirtiéndose en ardiente evangelizador, quien, después de encontrarse con Jesús: entregó su vida sin reservas a la causa del Evangelio.

La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo, y es que en efecto: juntos representan todo el Evangelio de Cristo.

Se puede destacar aquí incluso un paralelismo -a propósito del tema de hermandad que quiero resaltar en este artículo- es decir, mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel; Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos.

El Papa no se cansa de buscar esa “unidad” tan esperada por los cristianos (y por tantos Papas anteriormente) cada vez con mayor firmeza, y que así profesemos de verdad de una vez por siempre: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica (universal) y apostólica”.

Y es que la llamada a la unidad de los cristianos, que el Papa Francisco ha renovado con tan vehemente anhelo en sus recientes encíclicas “Evangeli Gaudium” y “Fratteli Tutti”, resuena con fuerza cada vez más en el corazón de los creyentes.

Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad. Un seguimiento verdadero.

Como dice la nueva canción de Hakuna (movimiento donde me congrego): “Que seamos todos uno como el Padre y tu sois uno, todos forofos de todos, que nos queramos siempre más”… esto es realmente querer y trabajar armónicamente dentro de la Iglesia universal, sin entrar en absurdas competencias “yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro” (Cor 1,12)

Recordemos las palabras con las que san Cipriano comenta el Padre Nuestro, la oración de todos los cristianos: “Dios no acepta el sacrificio del que no está en concordia con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias. El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo(De Dominica oratione, 23: CSEL 3, 284-285)

Entonces, como lo decía nuestro querido Benedicto XVI: ¿cómo no pedir al Señor, con impulso renovado y conciencia más madura, la gracia de prepararnos, todos, a este “sacrificio de la unidad”?

Y si ante esta pregunta nos entra la duda: ¿será esto posible?, nuestra respuesta debe ser siempre la de nuestra madre la Virgen María: “Sí, porque para Dios no nada hay imposible”.

Randa Hasfura Anastas

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