¡Hola! Perdona que no me presente, pero hoy Dios no me pide que hable de mí. Hoy el Señor te ha traído hasta este rincón de internet para que escuches esta noticia.

Cristo me ha concedido ser intercesor de una mujer que la Divina Providencia puso en mi camino. Vengo a contarte la historia de Victoria, hoy yo soy su voz, porque ella no puede.

Nuestros caminos se cruzaron hace ya muchos años. Mis padres siempre fueron muy amigos de ella. Era una repostera buenísima, siempre estaba regalando a todos sus amigos sus innovaciones en la cocina. Todo el mundo la paraba por la calle, pues su simpatía hacía que todos se divirtieran mucho y las conversaciones con ella fueran muy amenas. Pero a pesar de su forma de ser, su vida fue y es muy sufriente.

Primeramente, sus desgracias comenzaron cuando su marido tuvo un accidente laboral que le condujeron a un estado vegetativo que duró hasta el final de sus días. Con grandísimo dolor en el corazón, permaneció semanas enteras cuidándolo en el hospital, sin consuelo alguno. Varios meses después de la hospitalización de su marido, recibió el diagnóstico de los médicos, recibió la desagradable sorpresa de que nada podían hacer para salvarlo. Pero ella siguió velando por su esposo, sin descanso alguno. Doce meses después, su marido partió a la casa del Padre. No pudo hacer más que afrontar la realidad y llevar su familia hacia delante.

Aunque poco a poco fue recuperándose y volviendo a enseñar su sonrisa, todos sabíamos que no era la misma. En el fondo, se sentía muy sola y la cama se le quedaba grande para ella sola. Varias veces le escuché hablar de su soledad. No tuvo la suerte de encontrarse con Jesús, aunque estuvo y está acompañándola en sus sufrimientos.

Pasaron los años, y ya todos pensaban que su vida había vuelto a la normalidad, que se le acabaron los problemas. Pero no fue así la suerte que ella corrió.

Hace unos meses, de forma accidental tuvo una caída que le ha marcado para siempre. Sufrió graves daños cerebrales, que no le permiten hacer prácticamente nada. Tiene que estar atendida siempre por una enfermera. Ya no salen palabras de su boca, ni su cara muestra la dulce sonrisa que siempre tuvo.

Es muy fácil  en este caso cuestionarse que dónde estuvo Dios durante toda su vida, pero la respuesta ante esta calamidad es muy sencilla. Su vida es la vida de Cristo. Todo su dolor, lo sufre Jesús con ella, y cuando vemos su rostro podemos identificar a Cristo perfectamente. El mismo que andaba predicando, está en la historia de esta pobre enferma.

Os pido que recéis mucho por ella para que pueda sentir el amor tan grande que Dios le tiene y se lo pueda hacer visible. Tenedla presente en vuestras oraciones, para que en ella se haga presente la gloria de Cristo muerto y resucitado.

Carlos

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