Casarse tiene un poco de “salto al vacío”. Si uno llega al matrimonio es porque, en teoría, está seguro de ciertas cosas. Una de ellas —la más importante— es el amor que se tienen ambos, concretizado en la decisión de pasar el resto de sus vidas juntos. Se trata de una decisión que implica el compromiso de trabajar todos los días para sostener y acrecentar ese amor.

Aún así, hay muchas cosas que uno no sabe respecto del futuro, o que incluso desconoce de la otra persona. Uno no lo sabe todo: sabe sólo lo suficiente para estar seguro de dar el paso. Pero, al hacerlo, ambos asumen un riesgo. Y no es el riesgo de apostar una sola ficha a “rojas” o “negras” cuando se juega a la ruleta. Es el riesgo de hacer un “all in” a un solo número. Uno puede ganar con creces, pero también puede perder mucho.

Que un matrimonio sea exitoso o fracase, en última instancia, depende de cada pareja. Sin embargo, creo que es posible dar algunos consejos que pueden ayudar a minimizar los riesgos de que un matrimonio llegue a su fin.

1. Una comunicación sincera

Esto puede parecer obvio, pero no siempre lo es. Puede que, con el paso del tiempo, empiecen a surgir temas entre los esposos que no se puedan tratar. Tal vez por vergüenza, tal vez porque siempre que se tocan terminan en conflicto, etcétera.

Dependiendo de cuáles sean estos temas, puede que el no tratarlos genere cierta incomodidad, o incluso heridas. Y esas heridas, cuando no se curan donde son causadas, se pueden acumular y terminan explotando por cosas insignificantes. O acaso pueden llevar a que la persona que las tenga se sienta tan dolida que no quiera seguir más en la relación. Al final, evitarse un “mal rato” por no tratar un tema complicado puede generar un problema mucho peor.

No cualquier momento es el mejor para hablar. Por eso, es importante que ambos como pareja se regalen momentos en los que puedan tratar esos temas más delicados, o incluso volver a plantearse con cierta profundidad los grandes temas de la relación. Y si uno puede agendarlos, mejor: “todos los miércoles en la noche salimos a tomar algo”. Esos espacios ayudan a salir del rutinario “¿cómo estuvo tu día?”, que puede hacer que uno sienta que ya cumplió la “cuota diaria de comunicación” y asuma que todo lo demás está bien.

2. Tener mecanismos para solucionar los problemas

Los problemas hay que encararlos. Si no se abordan, generan mucho desgaste en la relación. Pero encararlos no es sencillo porque, frente a ellos, la disposición de alguno —o de ambos— no necesariamente es la mejor. Por eso es muy importante que la pareja pueda tener mecanismos para solucionarlos. Cada pareja debe tener los suyos, pero creo que hay algunas cuestiones que son clave:

1) Detenernos cuando estamos molestos o hemos perdido la paciencia.- Cuando uno pierde la paciencia o se enoja, lo que diga, muy probablemente lo va a decir mal —y la otra persona también lo va a recibir mal—. En estas circunstancias, continuar puede hacer que la discusión escale al punto de decir cosas de las que después haya que pedir perdón.

2) Ser conscientes de que ambos tienen algo de responsabilidad.- Uno no puede atribuir toda la responsabilidad a la otra persona. En una relación, ambos siempre son responsables de los problemas, por más que esa responsabilidad no se dé al mismo nivel. Cerrarse en el “yo soy así, tienes que entenderme”, puede ser el anticipo de la sentencia de muerte de la relación.

3) Escuchar empáticamente.- Cuando la otra persona nos plantea un problema, nos va a decir cosas que no queremos escuchar. La tentación es la de ponerse a la defensiva y contraargumentar todo lo que se nos diga. Grave error. Es muy importante ser conscientes de que la otra persona no sólo está relatando hechos, sino cómo vive esos hechos. Y que algo no sea planteado con absoluta precisión no anula la vivencia que se tiene de ello. Por eso, el problema no desaparece respondiendo: “las cosas no son así como dices”. Es muy importante ser conscientes de que la otra persona está transmitiendo una vivencia y uno tiene que aprender a ponerse en su lugar.

4) No tengo que “entender” completamente a la otra persona.- A veces, uno no se explica por qué frente a ciertas situaciones la otra persona reaccione de cierta manera. A uno le cuesta entender a la otra persona porque, en una situación similar, uno probablemente haría algo diferente. Por ejemplo, a algunos hombres les relaja sentarse frente al televisor simplemente pasando los canales, sin detenerse a ver algo en específico. Tal vez otros, para estar bien, necesiten que se les respete ciertos ámbitos de soledad. Y así como estos, puede haber otros ejemplos. Uno puede aprender a aceptar ciertas cosas sin entenderlas del todo.

3. Pedir ayuda antes que sea demasiado tarde

Muchas parejas piden ayuda cuando han tocado fondo, cuando ya se han hecho daño, o cuando se trata del “último recurso”. Sin embargo, no debería ser así. Para pedir ayuda, no hay que esperar a estar hartos de la otra persona, llegar al punto de discutir todos los días, no querer regresar a casa del trabajo, o preferir estar encerrado antes que encarar a la otra persona. Es fundamental hacerlo mucho antes.

No se trata de andar ventilando los problemas de la relación con cualquier persona. Para pedir ayuda, ambos deben estar de acuerdo con la persona elegida —que puede ser también una pareja—. Es muy importante que sea alguien —persona o pareja— con quien ambos se sientan en confianza, que comparta los mismos valores, y que, sobre todo, más que buena voluntad, tenga experiencia.

Puede ser un profesional —psicólogo, coach, sacerdote, etcétera— o simplemente una pareja de amigos con más tiempo de casados y buenas intuiciones. Pero lo importante es no llegar al punto de estar en una crisis para recurrir a ellos.

4. Oración común

Este es un consejo para los creyentes. De hecho, para ellos, este sería el primer consejo. Esto es así porque con el matrimonio religioso, la relación deja de ser una cuestión de a dos, y pasa a ser un asunto de a tres. La pareja está llamada a tener presente a Dios, no sólo en los momentos de dificultad, sino en los distintos ámbitos de la vida matrimonial.

Ahora bien, es en los momentos de dificultad cuando la pareja puede sentirse sostenida de una manera particular por Dios. Poner las cosas en las manos de Dios y verlas desde la oración ayuda a mirarlas y aceptarlas desde una perspectiva diferente. Pero no se trata sólo de una cuestión de percepción, sino de una fortaleza especial que la pareja puede encontrar en Dios para mantenerse unida al afrontar sus dificultades.

En un matrimonio religioso, los problemas no sólo hay que conversarlos, sino también —y sobre todo— rezarlos juntos.

* * *

Todas las parejas tienen problemas. Todas. De hecho, más de alguna relación excelente en algún momento se ha planteado la separación o el divorcio. Sin embargo, creo que prestarle atención a estos consejos, si bien no va a evitar que los problemas ocurran, puede ayudar a que no se llegue a esos extremos.

Para más consejos, puedes contactarme a través de mis redes sociales: @daniel.torrec.

Publicado en Ama fuerte
Artículo anteriorGloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo
Artículo siguiente¿Salvar una vida es delito?