lunes, octubre 25, 2021
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María Esther, una madre agarrada al manto de la Virgen

¡Hola! Me llamo Mª Esther, y empezaré diciendo que no soy tan joven (ya tengo unos añitos), aunque según me dicen, aparento serlo, por lo que tengo que agradecer la oportunidad que me ofrecéis para compartir mi humilde testimonio; y para ser sincera confesaré que así me siento.

Nací en Sevilla, en una familia católica y gracias a ello, desde mi más tierna infancia acudí a un colegio católico, y fue allí donde solía acudir a refugiarme en la capilla, a los pies de la Divina Pastora, cuando me sentía necesitada de su ayuda, (como así nos lo enseñaban aquellas monjas, a las que siempre estaré agradecidas. En especial cuando mi madre, siempre delicada de salud, pasaba por momentos difíciles yo acudía a implorar su socorro, el cual, como dice la oración: “Acordaos, Oh Piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que nadie que haya acudido a tu protección implorando tu auxilio haya sido abandonado de Ti”, Ella siempre me lo ha regalado.

Ese amor por María y su ejemplo de Madre fue creciendo a lo largo de los años, y a ella he ido confiando los momentos importantes de mi vida.

El tiempo fue pasando, y el Señor puso en mi camino al que es mi querido esposo, con el que me casé un 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, encomendándonos a Ella y así lo seguimos haciendo para que interceda por nosotros y lleguemos, Dios mediante, a cumplir este año nuestras bodas de plata.

Llegó el primer y deseado embarazo, pero no llegó a término y eso supuso, especialmente para mí, un fuerte mazazo. Pero no fue el único porque hubo otro más y eso me llevó a agarrarme muy fuerte al manto de la Virgen para que me ayudase sanar ese vacío que me quedaba en el corazón y me ahogaba. Pero el Señor es muy Grande y escucha las plegarias nuestras que llegan a través de su Madre, y nos regaló después a un hijo y a una hija que son nuestros mayores tesoros. Y como Él es es muy generoso nos regaló un hijo más, como siempre había querido, para formar así una familia numerosa; de hecho, tanto mi marido como yo venimos de familia numerosa: él tiene cuatro hermanos y yo cinco.

Se convirtió en una gran alegría para mí, pero que se vio truncada cuando en una revisión rutinaria, nos comunicaron que venía con una malformación congénita en el corazón y que podría abortar si quisiera. ¡Qué dolor tan sólo de pensar que me ofreciesen matar a mi propio hijo!. Lo pusimos, como no, en manos de la Virgen Santísima y rezamos un rosario por él cada día. También nuestra familia se volcó con nosotros y personas de la Parroquia rezaban mucho por todos.

El embarazo llegó a término y nació sin complicaciones, aunque fue llevado inmediatamente a la UCI neonatal. Pero desde el primer momento pude abrazarlo, pese a las predicciones de los médicos (que pensaban que no viviría), pudiendo superar con éxito una operación delicadísima a los pocos días de su nacimiento. Y esto nos llenó de esperanza pensando que lograría salvarse,…no obstante, continuamos intensificando los rezos, y su rosario no le faltaba cada día, pidiendo al Señor, a través de su Madre, su sanación. Además, también fue Bautizado y sabíamos que el Señor le enviaba su Espíritu insuflándole su fuerza para luchar en esa durísima batalla. Así pasaron cinco meses, siempre en el hospital, hasta que un día, el Señor se lo llevó.

Nos dejó desolados, pero sabiendo que esa fue su Voluntad. Que nuestros planes no son sus planes y que no permite que suceda nada que Él no sepa que podamos soportar, pues Él mismo y su Madre nos sostienen.

Desde el primer momento, le pedía su curación, pero con el paso de los días y los meses, fui comprendiendo que tenía que aceptar su Voluntad, por lo que todo este tiempo Él nos estuvo preparando y enviando su Aliento para llevarlo todo con increíble serenidad. Y debo decir, que en el peor momento, cuando pensé que no podía más, sentí como el Señor me levaba en sus brazos y que Él siempre había estado a mi lado.

Ahora, echando la vista atrás y con el paso de los años, he ido sintiendo que la Virgen me ha ido llevando bajo su manto, dándome el consuelo que sólo Ella, como Madre que ha visto morir a su Hijo, me ha sabido dar y me ha ido acercando cada vez más a Él , Jesucristo, quien es sin duda, la fuente del mayor consuelo. Por eso, en vuestras necesidades no dudéis en decir: ¡María, Auxilio de los Cristianos!, ruega por nosotros. Y no os quepa ninguna duda, de que Ella, presurosa, irá en vuestra ayuda. Y siguiendo el ejemplo de nuestra Madre, imitemos a María , que aceptó la voluntad de Dios aunque no la comprendía y pidamos al Señor la Gracia de aceptar siempre su Voluntad.

Mª Esther García

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